viernes, 21 de octubre de 2016

CAPITULO IV

LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO


Profa. Alma Delfina Gonzalez Mendoza
Curso: "Panorama Actual De La Educación Básica En México"

Alumnas:
Alondra García Rosales
Luciana Gisel Mendoza Vizcarra
Kathya Chantal Daut Rodríguez

Grado y Grupo: 1°B

La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
*Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida.
*La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT.
La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad.
Individuo y sociedad pueden ser de otra manera diferente a como son. Si no admitimos este carácter contingente, mudable, de las condiciones en las que nacen y se desarrollan los seres humanos, no hay lugar para el optimismo pedagógico.
Este optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones.
En la escuela obligatoria toda deben progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental.
La relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados en la educación.
Si los pobres, los negros, las mujeres, los emigrantes, etc., fuesen menos capaces por determinación biológica, ¿qué sentido tienen las prácticas de redención y de compensación, salvo el de la compasión y la caridad? Los argumentos innatistas o deterministas, como afirma GOULD (1997), siempre fueron de la mano del retroceso político y de la insolidaridad social, actuando de coartada para no realizar inversiones en la educación de los más necesitados, que son los que menos capacidades muestran en las mediciones de la inteligencia.
Según el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET (1985; obra publicada por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de acuerdo con la medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si fuesen aptitudes ajenas a las influencias educativas.
Para las posturas progresistas, que tienen su raíz en la visión optimista acerca de la bondad natural de los seres humanos y en la idea de la igualdad entre ellos, los límites de los sujetos tienen origen cultural y social.
Este supuesto progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose paulatinamente, lo que ha llevado a incorporar al colectivo de los considerados como “educables” a las mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron excluidas, por creerlas subdotadas y de un rango menor respecto del varón; también a los hijos de las clases populares, a los que todavía se cree en algunos sectores conservadores que están en desventaja social o que son pobres por no ser su naturaleza educable.
Las consecuencias prácticas que se derivan de los argumentos desarrollados en este punto se relacionan, pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a sujetos concretos o a grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales, de los beneficios de la escolarización.

Un camino para la igualdad y para la inclusión social.
*Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro —algo que se deriva del hecho de ser un derecho universal— no significa igualarlos entre sí.
Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes.
El derecho a la cultura no impide que su realización sea matizada con un currículum escolar en el que puedan contemplarse diferencias culturales.
La educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite conocimientos, valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con el mundo, en la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de éste
¿Qué consecuencias y exigencias se derivan de esa capacidad de inclusión que tiene la educación? Primero, la de insistir en la importancia de la posesión de ciertos conocimientos y habilidades para poder incluirse en los procesos propios de la sociedad actual. Segundo, que esos contenidos tienen que ser herramientas de pensamiento, lo cual plantea condiciones a los mismos y a las formas de adquirirlos. Tercero, que es preciso reparar en el valor de las habilidades para aprender y comprender dentro y fuera de la escuela. Cuarto, que conviene no olvidar que la inclusión lo es para una cultura que es plural y en la que hay consensos y disensiones. Capacitado el sujeto para poder incluirse, debe tener la posibilidad de singularizarse en ese proceso, de luchar por la transformación de las exigencias dominantes para la inclusión y hasta el poder autoexcluirse.

¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
*En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo el resto de su vida.
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998).

La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos.


El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas.











SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S


TEMA:
La educación obligatoria y el
optimismo acerca del progreso


CURSO:
Panorama de la educación en México

TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina Gonzalez Mendoza

ESTUDIANTES:
Isaura Amador Mayoral
Fca. Olivia Romero Gorosabe
Samanta Godoy Castro

GRADO Y GRUPO:
1°B

FECHA DE ENTREGA:

21 de octubre del 2016

La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso




La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.

La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
  
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT. La ubicación del individuo en la sociedad y en el mundo queda a merced de lo que él haga y construya. La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete, configurando una sociedad abierta y móvil, en la que la jerarquía establecida con respecto al binomio educación-profesión
sustituye a las jerarquías debidas al origen familiar, del que no se liberará del todo. La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones
es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLER (1998, pág. 165).
la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo no vienen dados desde su nacimiento. La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que se extiende a medida
que pierden vigor las explicaciones acerca del destino prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias que coarten el desarrollo expansivo natural o para proporcionarles los “materiales” para su desenvolvimiento. El ser humanopuede mejorar, por tanto, todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo. He aquí un determinante mandato para los profesores y para las escuelas en la educación obligatoria, un revulsivo
contra la mentalidad selectiva, jerarquiza dora y determinista.
Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno. Se confía en las posibilidades del sujeto y en que la escuela pueda incidir en su mejora y ensanchamiento con una intervención meditada, reflexiva. La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben esta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno. Se confía en las posibilidades del sujeto y en que la escuela pueda incidir en su mejora y ensanchamiento con una intervención meditada, reflexiva. La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben
progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación que el profesor requiere, pero, sobre todo, el claro compromiso que debe tener con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado. Quedan como compromiso ético exigible solamente ante una especie de super-yo vigilante, llamado ética profesional. La relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre
es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales. La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía
realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados en la educación. Hoy, cuando no es política ni socialmente admisible adscribirse, ni gusta a nadie que se le adscriba, al bando de los conservadores opuestos a universalizar los bienes culturales, las resistencias a la extensión de la educación se disfrazan de argumentos más sofisticados.

Un camino para la igualdad y para la inclusión social.

…las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.

Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro—algo que se deriva del hecho de ser un derecho universal—no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización. La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen,
con seguridad, a una mayor desigualdad. Aunque se trate de un optimismo moderado, se puede decir que la educación evita mayores desigualdades y puede ser un medio para corregirlas, si va acompañada de otras medidas. Las desigualdades en cuanto a la educación tienen hoy consecuencias, más allá de causar diferencias sobre las oportunidades que vayan a tenerse. Recibir o no educación es condición Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables.
En sociedades y culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena. El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y BOTTOMORE, 1998). Sin un cumplimiento satisfactorio del derecho a la educación, no sólo la vida de cada uno se empobrece y se limita su horizonte, sino que, difícilmente, se pueden realizar otros derechos, como el de la libre expresión, la participación política o el derecho al trabajo en las sociedades avanzadas. Desde el concepto de ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la sociedad.

¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?

 tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo
el resto de su vida.
(HOLT, 1977, págs. 22-23.)
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.
(ADORNO, 1998, pág. 79.)
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que  estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998)— las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tanatos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación? Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer. Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia adelante” de la que habla STEINER.







SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUÍZ”
LORETO B.C.S

LICENCIATURA EN EDUCACIÓN PRIMARIA

CURSO: PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
TITULAR DEL CURSO: ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA

ESTUDIANTES:
ÁNGEL DAVID FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ
MARIA FERNANDA GOROSAVE HERNÁNDEZ
AURORA DEL ROSARIO SÁNCHEZ GERALDO


GRUPO: 1° “B”


LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO
Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
Si la apropiación de la cultura incrementa la dignidad humana potenciando sus disponibilidades, nadie puede quedar excluido de tal beneficio. Los hechos avalan
esos principios: se estima que en los últimos treinta años los cocientes intelectuales —sin considerar ahora la polémica que afecta a este indicador— han aumentado unos 20 puntos gracias, entre otras cosas, a la mejora de las condiciones de la crianza de los niños que han potenciado sus capacidades cognitivas.
La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete.
La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar.
Lógicamente, si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre, también optimista: la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo no vienen dados desde su nacimiento. La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto:
a) Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que se extiende a medida que pierden vigor las explicaciones acerca del destino prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de
la tradición.
b) Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, desenvolvimiento. El ser humano puede mejorar, por tanto todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo.
Este optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana que se evidencia desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada, paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido. Plasticidad quiere decir que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su desarrollo y que, por tanto, puede ser guiado. Esto no significa sólo indeterminación en abstracto, sino posibilidades de crecimiento en ciertas direcciones, y que ese desarrollo puede ser más o menos rápido,
que pueda llegar a cotas más altas o más bajas. La dirección y el grado de incremento de posibilidades lo determinan y le prestan contenido los ambientes sociales, la cultura, la influencia familiar, etc. Somos tal como nos han hecho, como ha sido posible hacernos
y según nosotros hemos reaccionado ante ese moldeado proveniente del exterior. La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno.
En la escuela obligatoria todos deben progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación que el profesor requiere, pero sobre todo, el claro compromiso que debe tener con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado.
La relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos. La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos.
La educación —sostiene el innatismo— ha de adaptarse a los límites de cada cual. Los argumentos en que se apoyan estas creencias son muy resistentes porque sirven a intereses anclados en actitudes profundas y en el empeño por mantener las desigualdades.
Las acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las emprenden y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.
Los argumentos innatistas o deterministas, como afirma GOULD (1997), siempre fueron de la mano del retroceso político y de la insolidaridad social, actuando de coartada para no realizar inversiones en la educación de los más necesitados, que son los que menos capacidades muestran en las mediciones de la inteligencia.
Según el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET (1985; obra publicada por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de acuerdo con la medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si fuesen aptitudes ajenas a las influencias educativas.
Las pruebas para medir aptitudes se utilizaron para filtrar la emigración en los EE.UU., para internar a débiles mentales, para negar servicios sociales a clases y razas desfavorecidas, para justificar la “diferencia”, cuando no la simple inferioridad, de las mujeres, para clasificar estudiantes en las escuelas, etc.
La cultura en la que se nace y de la que se nutre el desarrollo es lo determinante. El capital cultural externo puede ser apropiado subjetivamente en forma de capital mental por los seres humanos.
La historia de la exclusión está construida sobre la desigualdad de la propiedad de bienes materiales, sobre los privilegios sociales y políticos de ciertas minorías, y sobre las creencias acerca de la desigual posesión de capacidades innatas que se consideran más propias de un tipo de seres humanos que de otros.
La historia del progreso inclusor está hecha de luchas sociales y políticas por desterrar privilegios y por el reconocimiento de la igualdad como posibilidad y como realidad. Para creerla posible y realizable han sido fundamentales los cambios en las concepciones sobre la naturaleza humana.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen,con seguridad, a una mayor desigualdad.
La escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros.
 La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor desigualdad. Recibir o no educación es condición para la participación en la sociedad, desde el momento en que para desempeñar el ejercicio de muchas actividades y puestos de trabajo se requiere una preparación previa, así como herramientas y habilidades para adquirirla.
La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena. El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y BOTTOMORE, 1998).
Desde el concepto de ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la sociedad. Es este derecho a la cultura y no el derecho de la cultura (COLOM, 1998) el que fundamenta, por otro lado, la reivindicación a ejercerlo respecto de una determinada opción cultural, atendiendo a las diferencias en las que se asienta la identidad personal.
La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado. La capacidad de inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en la inserción en las actividades productivas. En las sociedades globalizadas, esta capacidad de inclusión significa lograrla para un contexto cada vez más amplio, en el que la fuerza de trabajo, como afirma GIDDENS (1999), tendrá que ser o tener una orientación más cosmopolita, nivelada por un cierto grado de educación. En segundo lugar, tiene una dimensión intelectual, en tanto que capacitación para el entendimiento del mundo. La complejidad de éste reclama la prolongación de la escolaridad obligatoria más allá de la enseñanza primaria. En tercer lugar, la inclusión tiene una vertiente emocional: la de poder sentirse como un actor social que interviene en su medio, un sujeto creador, libre y autónomo. Estos tres aspectos son esenciales para el equilibrio psicológico de las personas en nuestro mundo.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
Es incuestionable que el proceso educativo ganará con la desescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas. (ILLICH, 197).
La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico?
¿Por qué? —se pregunta STEINER (1998)— Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella?

El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.


CAPÍTULO IV
La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso.
La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida la primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT.
La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLE. Este optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones.
La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que se extiende a medida que pierden vigor las explicaciones acerca del destino prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias que coarten el desarrollo expansivo natural o para proporcionarles los “materiales” para su desenvolvimiento.
Este optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana que se evidencia desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada, paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido.
Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno.
La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación.
En el bando de los inmovilistas sociales se acumula una larga tradición de determinismo que defiende el innatismo que muta y sigue estando de alguna manera presente, como teoría implícita en la mente de muchos, incluidos los profesores, sosteniendo la creencia de que existe un reparto desigual de las capacidades humanas que no permite ir más allá de lo que posibilitan los límites dados de cada uno.
 La tendencia a unir las diferencias psicológicas humanas a las condiciones de la naturaleza (exterior o interior al hombre) viene de lejos. La historia del determinismo biologicista es larga y está muy arraigada en la cultura: desde las interpretaciones astrológicas del comportamiento cotidiano —que no puede decirse que han decaído— hasta la explicación genética de la inteligencia, pasando por la conexión entre los fluidos del cuerpo y los caracteres de la persona (sanguíneo, colérico, flemático), o la ligazón entre aspectos corporales y cualidades psicológicas (los obesos se cree que son pacíficos y bonachones. Solemos decir “tiene aspecto de buena persona”).
Las pruebas para medir aptitudes se utilizaron para filtrar la emigración en los EE.UU., para internar a débiles mentales, para negar servicios sociales a clases y razas desfavorecidas, para justificar la “diferencia”, cuando no la simple inferioridad, de las mujeres, para clasificar estudiantes en las escuelas, etc.
Este supuesto progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose paulatinamente, lo que ha llevado a incorporar al colectivo de los considerados como “educables” a las mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron excluidas, por creerlas subdotadas y de un rango menor respecto del varón; también a los hijos de las clases populares, a los que todavía se cree en algunos sectores conservadores que están en desventaja social o que son pobres por no ser su naturaleza educable; a minorías o mayorías raciales, consideradas infradotadas respecto del hombre blanco; a los sujetos que muestran deficiencias de diverso signo, que en un principio fueron vistos como frutos del pecado o, simplemente, alguien que resultaba irrecuperable.
La historia del progreso inclusor está hecha de luchas sociales y políticas por desterrar privilegios y por el reconocimiento de la igualdad como posibilidad y como realidad. Para creerla posible y realizable han sido fundamentales los cambios en las concepciones sobre la naturaleza humana.
Las consecuencias prácticas que se derivan de los argumentos desarrollados en este punto se relacionan, pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a sujetos concretos o a grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales, de los beneficios de la escolarización.

Un camino para la igualdad y para la inclusión social
Las desigualdades en cuanto a la educación tienen hoy consecuencias, más allá de causar diferencias sobre las oportunidades que vayan a tenerse. En sociedades y culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena.
La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad.
La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado. Ser más o menos educado, haber disfrutado o no de la escolarización, es un problema de poder ser, estar y sentirse como sujeto que se sabe a sí mismo actor en la sociedad, necesario e importante para algo y para alguien.
¿Qué consecuencias y exigencias se derivan de esa capacidad de inclusión que tiene la educación? Primero, la de insistir en la importancia de la posesión de ciertos conocimientos y habilidades para poder incluirse en los procesos propios de la sociedad actual. Segundo, que esos contenidos tienen que ser herramientas de pensamiento, lo cual plantea condiciones a los mismos y a las formas de adquirirlos. Tercero, que es preciso reparar en el valor de las habilidades para aprender y comprender dentro y fuera de la escuela. Cuarto, que conviene no olvidar que la inclusión lo es para una cultura que es plural y en la que hay consensos y disensiones. Capacitado el sujeto para poder incluirse, debe tener la posibilidad de singularizarse en ese proceso, de luchar por la transformación de las exigencias dominantes para la inclusión y hasta el poder autoexcluirse.

¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas: En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela Esincuestionablequeelprocesoeducativoganaráconladesescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación la civilización engendra, a su vez, anticivilización, y la refuerza progresivamente.
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos. La eficacia de la modernidad, afirma FLORES D’ARCAIS (1994), se vive como distancia entre las promesas realizadas y las incumplidas. Distancia entre el desarrollo material, científico y tecnológico, por un lado, que necesita de la educación y presiona fuertemente sobre ésta, mientras que, por otro, distan de cumplirse satisfactoriamente las promesas de libertad, autonomía y mejora de la condición humana.



CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”


LORETO B.C.S


TEMA:
La educación obligatoria y el
optimismo acerca del progreso


CURSO:
Panorama de la educación en México

TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina Gonzalez Mendoza

ESTUDIANTES:
Juan Luis Arce Calderón

 Jusús Eduardo Martinez Arce 

Teó Adrian Cháves

GRADO Y GRUPO:
1°B

FECHA DE ENTREGA:

22 de ocubre del 2016


CAPÍTULO IV

La escolaridad obligatoria
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de
Que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación

El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida

El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”,
Como pensaba KANT.

Lógicamente, si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre,
También optimista


El ser humano puede mejorar, por tanto todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo. He aquí un determinante mandato para los profesores y para las escuelas en la educación obligatoria, un revulsivo contra la mentalidad selectiva, jerarquiza dora y determinista

La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios. Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, La universalidad de la educación obligatoria pierde su
Fundamento más digno

La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los
Seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización

La educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social
Y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.

Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen
Familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales
Dominados han sido y son discriminados en la educación.

Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos.

Hoy, todavía persisten dudas
En ciertos sectores sociales y del profesorado sobre este sentido
De la universalidad de la educación. La historia de la exclusión
Está construida sobre la desigualdad de la propiedad de bienes
Materiales, sobre los privilegios sociales y políticos de ciertas minorías, y sobre las creencias acerca de la desigual posesión de capacidades innatas que se consideran más propias de un
Tipo de seres humanos que de otros.      

La escolarización no es todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que
No debe hacer nunca es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la jerarquía entre sujetos diferentes. La sociedad democrática no puede perder las cualidades de nadie, sino que debe reconocer en todos la posibilidad
Antropológica de progresar.

Un camino para la igualdad y para la inclusión social
Las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.
Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro —algo que se deriva del hecho de ser un derecho universal— no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización.
La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad. En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos. La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado.
A los excluidos sin educación les llegan a faltar las posibilidades para salir de ese estado; apenas si pueden reclamar sobre la injusticia de su condición
En las sociedades globalizadas, esta capacidad de inclusión significa lograrla para un contexto cada vez más amplio, en el que la fuerza de trabajo, como afirma GIDDENS (1999), tendrá que ser o tener una orientación más cosmopolita, nivelada por un cierto grado de educación

¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo el resto de su vida.
Esincuestionablequeelprocesoeducativoganaráconladesescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso
¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998) — las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tantos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación?
Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer


SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ 
LORETO BAJA CALIFORNIA SUR



LICENCIATURA DE EDUCACIÓN PRIMARIA

La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso

CURSO:
PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO

TITULAR DE EDUCACIÓN:
ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA

ESTUDIANTES:
MELINA YARALI TALAMANTES BAEZA
DELIA GEORGINA GUTIERREZ CARMONA
FRANCISCO MARTIN DREW RODRIGUEZ

GRADO Y GRUPO


1 “B”




La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso

La escolaridad obligatoria es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar. El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida  La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete, configurando una sociedad abierta y móvil  La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico defiende la creencia de que todos pueden ser educados propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo. Somos tal como nos han hecho, como ha sido posible hacernos y según nosotros hemos reaccionado ante ese molde adoproveniente del exterior. La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna, la relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento “que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
Las acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las emprenden y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.

Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos.

Todos los niños en edad escolar entran en el sistema educativo en los países desarrollados, pero no todos están en igualdad de condiciones; ni se llega a esperar de ellos el mismo progreso porque se les considera en muchos casos desiguales. Ganada la apuesta por la escolarización, hay que profundizar en la batalla de la igualdad. Para lograrla han de combatirse las actitudes y las concepciones de sentido común o las proporcionadas por argumentos pseudocientíficos que justifiquen las desigualdades de trato a diferentes seres humanos o las distintas expectativas acerca de lo que cada uno puede dar de sí.La escolarización no es todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que no debe hacer nunca es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la jerarquía entre sujetos diferentes.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social; la escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros. Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables.

La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad. En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos. La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado.


Secretaria de Educación Pública
Centro Regional de Educación Normal
“Marcelo Rubio Ruiz"



LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO

MATERIA:
PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO

MAESTRA:
ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA



EQUIPO:
CRYSTAL NATALY ESTRADA SAMANIEGO
OMAR ALEXIS OSUNA PERALTA
AMERICA GUADALUPE MONTES CASTRO




LORETO, BAJA CALIFORNIA SUR.

Capítulo 4 "La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso"


La escolaridad obligatoria, ha reflejado y los sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.

Las creencias en el principio de que todos son educables en alguna medida.

La idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho para todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, tiene que recibir información. El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida (Baudelot y Establet, 1990).
La ubicación del individuo en la sociedad y el mundo queda a merced de lo que el haga y construya. La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por destino o por fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLER (1998, pág. 165)
Lógicamente si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. La creencia en el progreso se asienta pues, en un doble supuesto:
 Un consenso epistemológico que define la creencia de que todos pueden ser educados.
    Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias.
El ser humano puede mejorar, por tanto, todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo.
Este optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana (Se refiere a que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su desarrollo), que se evidencia desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada, paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido. La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno. La educación escolar no es una influencia espontanea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encargada y moldeada por cada profesor.
La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que llevan a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se lo encuentra. En las escuelas obligatorias, todos deben progresar, todos deben “crecer” sin exclusión alguna.
La relación entre la posibilidad del progreso en general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social, y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales, dominando han sido y son discriminados en la educación. Las acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las emprenden y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.
La tendencia a unir las diferencias psicológicas humanas a las condiciones de la naturaleza (exterior o interior al hombre) viene de lejos.
Según el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET (1985;obra publicada por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de acuerdo con la medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si fuesen aptitudes ajenas a las influencias educativas.
Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos. La mente humana tiene una base biológica, pero lo que se haga con ella depende de las experiencias y de la cultura que dan contenidos a las capacidades posibilitadas por dicha base.
Hoy, todavía persisten dudas en ciertos sectores sociales y del profesorado sobre este sentido de la universalidad de la educación. .Ésta es una batalla todavía no ganada definitivamente. Todos los niños en edad escolar entran en el sistema educativo en los países desarrollados, pero no todos están en igualdad de condiciones; ni se llega a esperar de ellos el mismo progreso porque se les considera en muchos casos desiguales. La escolarización no es todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que no debe hacer nunca es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la jerarquía entre sujetos diferentes
.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social

La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización.
La escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros.
La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor desigualdad. Se puede decir que la educación evita mayores desigualdades y puede ser un medio para corregirlas, si va acompañada de otras medidas.
Recibir o no educación es condición para la participación en la sociedad, desde el momento en que para desempeñar el ejercicio de muchas actividades y puestos de trabajo se requiere una preparación previa, así como herramientas y habilidades para adquirirla.
El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y BOTTOMORE, 1998).
El derecho a la cultura no impide que su realización sea matizada con un currículum escolar en el que puedan contemplarse diferencias culturales, En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos.
.La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado.
La educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite conocimientos, valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con el mundo, en la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de éste. 
La capacidad de inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en la inserción en las actividades productivas. En segundo lugar, tiene una dimensión intelectual, en tanto que capacitación para el entendimiento del mundo. En tercer lugar, la inclusión tiene una vertiente emocional: la de poder sentirse como un actor social que interviene en su medio, un sujeto creador, libre y autónomo.
Estos tres aspectos son esenciales para el equilibrio psicológico de las personas en nuestro mundo.


¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?

En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998).
¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998).
Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella?
Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia adelante”
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos.
La persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.

SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S.



LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO


CURSO:
Panorama actual de la educación básica en México

TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina González Mendoza


ESTUDIANTE:
Isabel Cristina Ochoa Parra
Guadalupe Aguiar Hernández
Celia Abigail Murillo Bastida
Joselino Bastida Ortiz


GRADO Y GRUPO:
1°B





La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
La escolaridad obligatoria es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal puede negar.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación. Si la apropiación de la cultura incrementa la dignidad humana potenciando sus disponibilidades, nadie puede quedar excluido de tal beneficio.
El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida (BAUDELOT y ESTABLET, 1990).
La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social. La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen.
La creencia en el progreso se asienta en:
a)    Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados
b)    Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo.
Optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana; Plasticidad quiere decir que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su desarrollo y que, por tanto, puede ser guiado y la escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
Las consecuencias prácticas que se derivan de los argumentos desarrollados en este punto se relacionan, pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a sujetos concretos o a grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales, de los beneficios de la escolarización.

Un camino para la igualdad y para la inclusión social
La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización. Las teorías sociológicas de la reproducción han constatado el efecto que tiene la escuela para propagar las desigualdades sociales, lo que ha podido conducir a una falta de ánimo y de empuje para atisbar alternativas educativas. La escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad.
Tener conciencia de qué es el mundo y la sociedad actuales no es algo a lo que pueda accederse desde el sentido común sin la aportación de aprendizajes que no suelen adquirirse en el intercambio cotidiano con las cosas y con las demás personas. Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables. En sociedades y culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena.
Desde el concepto de ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la sociedad.
Es este derecho a la cultura y no el derecho de la cultura; el derecho a la cultura no impide que su realización sea matizada con un currículum escolar en el que puedan contemplarse diferencias culturales.
En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos. A los excluidos sin educación les llegan a faltar las posibilidades para salir de ese estado; apenas si pueden reclamar sobre la injusticia de su condición.

¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos.

La pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado.




  Xiomara Guadalupe Camacho Salinas
  Christian Santana Briseño

  Belinda Ernestina Higuera Flores

LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO.

 La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.



El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT. La ubicación del individuo en la sociedad y en el mundo queda a merced de lo que él haga y construya



Todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación que el profesor requiere, pero sobre todo, el claro compromiso que debe tener con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado. Quedan como compromiso ético exigible solamente ante una especie de súper-yo vigilante, llamado ética profesional.

En el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales. La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados en la educación. Hoy, cuando no es política ni socialmente admisible adscribirse, ni gusta a nadie que se le adscriba, al bando de los conservadores opuestos a un liberalizar los bienes culturales, las resistencias a la extensión de la educación se disfrazan de argumentos más sofisticados.





Un camino para la igualdad y para la inclusión social

Las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.

Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización.

En el mejor de los casos, la escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros. La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor desigualdad.

La persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad.

El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos. La educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite conocimientos, valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con el mundo, en la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de éste.



¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?

He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:

En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela

Es incuestionable que el proceso educativo ganará con la desescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.

La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.

En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998)— las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tantos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación? Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer. Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia adelante” de la que habla STEINER.

La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos. La eficacia de la modernidad, afirma FLORES D’ARCAIS (1994), se vive como distancia entre las promesas realizadas y las incumplidas. Distancia entre el desarrollo material, científico y tecnológico, por un lado, que necesita de la educación y presiona fuertemente sobre ésta, mientras que, por otro, distan de cumplirse satisfactoriamente las promesas de libertad, autonomía y mejora de la condición humana. El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.



 Capitulo IV-. La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT.
Este optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones. Lógicamente, si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre, también optimista: la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo no vienen dados desde su nacimiento.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela. En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario