Profa. Alma Delfina Gonzalez Mendoza
Curso: "Panorama Actual De La Educación Básica En México"
Alumnas:
Alondra García Rosales
Luciana Gisel Mendoza Vizcarra
Kathya Chantal Daut Rodríguez
Grado y Grupo: 1°B
La
educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
*Es un
proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en
los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición
humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
La creencia
en el principio de que todos son educables en alguna medida.
*La primera
manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en
haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual
implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y,
por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto
moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza
humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a
la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de
edad”, como pensaba KANT.
La
educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las
limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la
circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones
es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido
y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la
fatalidad.
Individuo y
sociedad pueden ser de otra manera diferente a como son. Si no admitimos este
carácter contingente, mudable, de las condiciones en las que nacen y se
desarrollan los seres humanos, no hay lugar para el optimismo pedagógico.
Este
optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones.
En la
escuela obligatoria toda deben progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión
alguna. Compartir esa idea es fundamental.
La relación
entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que en los
individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos, en el
sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre
que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar
a ser iguales.
Esas
resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las
posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la
sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la
proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener
privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares,
sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son
discriminados en la educación.
Si los
pobres, los negros, las mujeres, los emigrantes, etc., fuesen menos capaces por
determinación biológica, ¿qué sentido tienen las prácticas de redención y de
compensación, salvo el de la compasión y la caridad? Los argumentos innatistas
o deterministas, como afirma GOULD (1997), siempre fueron de la mano del
retroceso político y de la insolidaridad social, actuando de coartada para no
realizar inversiones en la educación de los más necesitados, que son los que
menos capacidades muestran en las mediciones de la inteligencia.
Según el
pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET (1985; obra publicada
por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que aprovechar las
posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de acuerdo con la
medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si fuesen aptitudes
ajenas a las influencias educativas.
Para las
posturas progresistas, que tienen su raíz en la visión optimista acerca de la
bondad natural de los seres humanos y en la idea de la igualdad entre ellos,
los límites de los sujetos tienen origen cultural y social.
Este
supuesto progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose paulatinamente,
lo que ha llevado a incorporar al colectivo de los considerados como
“educables” a las mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron
excluidas, por creerlas subdotadas y de un rango menor respecto del varón;
también a los hijos de las clases populares, a los que todavía se cree en
algunos sectores conservadores que están en desventaja social o que son pobres
por no ser su naturaleza educable.
Las
consecuencias prácticas que se derivan de los argumentos desarrollados en este
punto se relacionan, pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a
sujetos concretos o a grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales,
de los beneficios de la escolarización.
Un camino
para la igualdad y para la inclusión social.
*Que un ser
humano reciba la misma educación que cualquier otro —algo que se deriva del
hecho de ser un derecho universal— no significa igualarlos entre sí.
Las
sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas
variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez
para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes.
El derecho
a la cultura no impide que su realización sea matizada con un currículum
escolar en el que puedan contemplarse diferencias culturales.
La
educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite conocimientos,
valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con el mundo, en
la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de éste
¿Qué
consecuencias y exigencias se derivan de esa capacidad de inclusión que tiene
la educación? Primero, la de insistir en la importancia de la posesión de
ciertos conocimientos y habilidades para poder incluirse en los procesos
propios de la sociedad actual. Segundo, que esos contenidos tienen que ser
herramientas de pensamiento, lo cual plantea condiciones a los mismos y a las
formas de adquirirlos. Tercero, que es preciso reparar en el valor de las
habilidades para aprender y comprender dentro y fuera de la escuela. Cuarto,
que conviene no olvidar que la inclusión lo es para una cultura que es plural y
en la que hay consensos y disensiones. Capacitado el sujeto para poder
incluirse, debe tener la posibilidad de singularizarse en ese proceso, de
luchar por la transformación de las exigencias dominantes para la inclusión y
hasta el poder autoexcluirse.
¿Caduca la
esperanza en el progreso apoyado en la educación?
*En el
momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos
los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen,
mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces
e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la
escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo
el resto de su vida.
En la
historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la
utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en
el progreso (HERMAN, 1998).
La
debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria
universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos
y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes
colectivos humanos.
El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas.
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S
TEMA:
La educación obligatoria y el
optimismo acerca del progreso
CURSO:
Panorama de la educación en México
TITULAR
DEL CURSO:
Alma Delfina Gonzalez Mendoza
ESTUDIANTES:
Isaura Amador Mayoral
Fca. Olivia Romero Gorosabe
Samanta Godoy Castro
GRADO
Y GRUPO:
1°B
FECHA
DE ENTREGA:
21 de octubre del 2016
La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT. La ubicación del individuo en la sociedad y en el mundo queda a merced de lo que él haga y construya. La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete, configurando una sociedad abierta y móvil, en la que la jerarquía establecida con respecto al binomio educación-profesión
sustituye a las jerarquías debidas al origen familiar, del que no se liberará del todo. La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones
es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLER (1998, pág. 165).
la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo no vienen dados desde su nacimiento. La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que se extiende a medida
que pierden vigor las explicaciones acerca del destino prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias que coarten el desarrollo expansivo natural o para proporcionarles los “materiales” para su desenvolvimiento. El ser humanopuede mejorar, por tanto, todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo. He aquí un determinante mandato para los profesores y para las escuelas en la educación obligatoria, un revulsivo
contra la mentalidad selectiva, jerarquiza dora y determinista.
Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno. Se confía en las posibilidades del sujeto y en que la escuela pueda incidir en su mejora y ensanchamiento con una intervención meditada, reflexiva. La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben esta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno. Se confía en las posibilidades del sujeto y en que la escuela pueda incidir en su mejora y ensanchamiento con una intervención meditada, reflexiva. La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben
progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación que el profesor requiere, pero, sobre todo, el claro compromiso que debe tener con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado. Quedan como compromiso ético exigible solamente ante una especie de super-yo vigilante, llamado ética profesional. La relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre
es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales. La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía
realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados en la educación. Hoy, cuando no es política ni socialmente admisible adscribirse, ni gusta a nadie que se le adscriba, al bando de los conservadores opuestos a universalizar los bienes culturales, las resistencias a la extensión de la educación se disfrazan de argumentos más sofisticados.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social.
…las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.
Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro—algo que se deriva del hecho de ser un derecho universal—no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización. La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen,
con seguridad, a una mayor desigualdad. Aunque se trate de un optimismo moderado, se puede decir que la educación evita mayores desigualdades y puede ser un medio para corregirlas, si va acompañada de otras medidas. Las desigualdades en cuanto a la educación tienen hoy consecuencias, más allá de causar diferencias sobre las oportunidades que vayan a tenerse. Recibir o no educación es condición Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables.
En sociedades y culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena. El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y BOTTOMORE, 1998). Sin un cumplimiento satisfactorio del derecho a la educación, no sólo la vida de cada uno se empobrece y se limita su horizonte, sino que, difícilmente, se pueden realizar otros derechos, como el de la libre expresión, la participación política o el derecho al trabajo en las sociedades avanzadas. Desde el concepto de ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la sociedad.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo
el resto de su vida.
(HOLT, 1977, págs. 22-23.)
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.
(ADORNO, 1998, pág. 79.)
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998)— las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tanatos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación? Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer. Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia adelante” de la que habla STEINER.
SECRETARÍA
DE EDUCACIÓN PÚBLICA
LICENCIATURA EN EDUCACIÓN PRIMARIA
GRUPO: 1° “B”
EN EL ESTADO DE BAJA
CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUÍZ”
LORETO B.C.S
LICENCIATURA EN EDUCACIÓN PRIMARIA
CURSO:
PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
TITULAR DEL CURSO:
ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA
ESTUDIANTES:
ÁNGEL
DAVID FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ
MARIA
FERNANDA GOROSAVE HERNÁNDEZ
AURORA
DEL ROSARIO SÁNCHEZ GERALDO
GRUPO: 1° “B”
LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO
Es
un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en
los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana.
Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
La creencia en el principio de que todos son educables
en alguna medida
Si
la apropiación de la cultura incrementa la dignidad humana potenciando sus
disponibilidades, nadie puede quedar excluido de tal beneficio. Los hechos
avalan
esos
principios: se estima que en los últimos treinta años los cocientes
intelectuales —sin considerar ahora la polémica que afecta a este indicador—
han aumentado unos 20 puntos gracias, entre otras cosas, a la mejora de las
condiciones de la crianza de los niños que han potenciado sus capacidades
cognitivas.
La
educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de
aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete.
La
educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las
limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la
circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones
es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido
y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la
fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar.
Lógicamente,
si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los
individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre, también
optimista: la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo
no vienen dados desde su nacimiento. La creencia en el progreso se asienta,
pues, en un doble supuesto:
a)
Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser
educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que
se extiende a medida que pierden vigor las explicaciones acerca del destino
prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de
la
tradición.
b)
Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos
pueden serlo, desenvolvimiento. El ser humano puede mejorar, por tanto todos
deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo.
Este
optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana que se
evidencia desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada,
paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido. Plasticidad quiere
decir que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su desarrollo y
que, por tanto, puede ser guiado. Esto no significa sólo indeterminación en
abstracto, sino posibilidades de crecimiento en ciertas direcciones, y que ese
desarrollo puede ser más o menos rápido,
que
pueda llegar a cotas más altas o más bajas. La dirección y el grado de
incremento de posibilidades lo determinan y le prestan contenido los ambientes
sociales, la cultura, la influencia familiar, etc. Somos tal como nos han
hecho, como ha sido posible hacernos
y
según nosotros hemos reaccionado ante ese moldeado proveniente del exterior. La
escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con
planes y directrices propios.
Ésta
es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento
moderno.
En
la escuela obligatoria todos deben progresar, todos deben “crecer”, sin
exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación
que el profesor requiere, pero sobre todo, el claro compromiso que debe tener
con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de
formación, selección y promoción del profesorado.
La
relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento” que
en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos. La
historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido
que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus
potenciales buenos efectos.
La
educación —sostiene el innatismo— ha de adaptarse a los límites de cada cual.
Los argumentos en que se apoyan estas creencias son muy resistentes porque
sirven a intereses anclados en actitudes profundas y en el empeño por mantener
las desigualdades.
Las
acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las emprenden
y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.
Los
argumentos innatistas o deterministas, como afirma GOULD (1997), siempre fueron
de la mano del retroceso político y de la insolidaridad social, actuando de
coartada para no realizar inversiones en la educación de los más necesitados, que
son los que menos capacidades muestran en las mediciones de la inteligencia.
Según
el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET (1985; obra publicada
por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que aprovechar las
posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de acuerdo con la
medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si fuesen aptitudes ajenas
a las influencias educativas.
Las
pruebas para medir aptitudes se utilizaron para filtrar la emigración en los
EE.UU., para internar a débiles mentales, para negar servicios sociales a
clases y razas desfavorecidas, para justificar la “diferencia”, cuando no la
simple inferioridad, de las mujeres, para clasificar estudiantes en las
escuelas, etc.
La
cultura en la que se nace y de la que se nutre el desarrollo es lo
determinante. El capital cultural externo puede ser apropiado subjetivamente en
forma de capital mental por los seres humanos.
La
historia de la exclusión está construida sobre la desigualdad de la propiedad
de bienes materiales, sobre los privilegios sociales y políticos de ciertas minorías,
y sobre las creencias acerca de la desigual posesión de capacidades innatas que
se consideran más propias de un tipo de seres humanos que de otros.
La
historia del progreso inclusor está hecha de luchas sociales y políticas por
desterrar privilegios y por el reconocimiento de la igualdad como posibilidad y
como realidad. Para creerla posible y realizable han sido fundamentales los
cambios en las concepciones sobre la naturaleza humana.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
La
escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero
su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de
escolaridad recibida conducen,con
seguridad, a una mayor desigualdad.
La
escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el
camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por
alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una
educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no
recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y
otros.
La escolarización es camino problemático para
la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las
diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a
una mayor desigualdad. Recibir o no educación es condición para la
participación en la sociedad, desde el momento en que para desempeñar el
ejercicio de muchas actividades y puestos de trabajo se requiere una
preparación previa, así como herramientas y habilidades para adquirirla.
La
educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos,
constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena.
El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no
sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las
posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros
derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para
el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y
BOTTOMORE, 1998).
Desde
el concepto de ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar
la inclusión de los individuos con todas las posibilidades para participar
plenamente en la sociedad. Es este derecho a la cultura y no el derecho de la
cultura (COLOM, 1998) el que fundamenta, por otro lado, la reivindicación a
ejercerlo respecto de una determinada opción cultural, atendiendo a las
diferencias en las que se asienta la identidad personal.
La
desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un
alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría
de negado. La capacidad de inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en
la inserción en las actividades productivas. En las sociedades globalizadas,
esta capacidad de inclusión significa lograrla para un contexto cada vez más amplio,
en el que la fuerza de trabajo, como afirma GIDDENS (1999), tendrá que ser o
tener una orientación más cosmopolita, nivelada por un cierto grado de
educación. En segundo lugar, tiene una dimensión intelectual, en tanto que
capacitación para el entendimiento del mundo. La complejidad de éste reclama la
prolongación de la escolaridad obligatoria más allá de la enseñanza primaria.
En tercer lugar, la inclusión tiene una vertiente emocional: la de poder
sentirse como un actor social que interviene en su medio, un sujeto creador,
libre y autónomo. Estos tres aspectos son esenciales para el equilibrio
psicológico de las personas en nuestro mundo.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la
educación?
Es
incuestionable que el proceso educativo ganará con la desescolarización de la
sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una
traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy
en las escuelas. (ILLICH, 197).
La
fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular
historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y
sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido
su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras
mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico?
¿Por
qué? —se pregunta STEINER (1998)— Si las sociedades más escolarizadas no son
mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido
o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas
de redención puestas en ella?
El
pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que
la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la
persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la
pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo,
la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas
educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso
escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la
privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en
que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado.
La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.


CAPÍTULO IV
La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso.
La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida la primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT.
La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLE. Este optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones.
La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser educados, al concebir a la naturaleza humana como algo mejorable, creencia que se extiende a medida que pierden vigor las explicaciones acerca del destino prefijado, que son propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias que coarten el desarrollo expansivo natural o para proporcionarles los “materiales” para su desenvolvimiento.
Este optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana que se evidencia desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada, paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido.
Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su fundamento más digno.
La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación.
En el bando de los inmovilistas sociales se acumula una larga tradición de determinismo que defiende el innatismo que muta y sigue estando de alguna manera presente, como teoría implícita en la mente de muchos, incluidos los profesores, sosteniendo la creencia de que existe un reparto desigual de las capacidades humanas que no permite ir más allá de lo que posibilitan los límites dados de cada uno.
La tendencia a unir las diferencias psicológicas humanas a las condiciones de la naturaleza (exterior o interior al hombre) viene de lejos. La historia del determinismo biologicista es larga y está muy arraigada en la cultura: desde las interpretaciones astrológicas del comportamiento cotidiano —que no puede decirse que han decaído— hasta la explicación genética de la inteligencia, pasando por la conexión entre los fluidos del cuerpo y los caracteres de la persona (sanguíneo, colérico, flemático), o la ligazón entre aspectos corporales y cualidades psicológicas (los obesos se cree que son pacíficos y bonachones. Solemos decir “tiene aspecto de buena persona”).
Las pruebas para medir aptitudes se utilizaron para filtrar la emigración en los EE.UU., para internar a débiles mentales, para negar servicios sociales a clases y razas desfavorecidas, para justificar la “diferencia”, cuando no la simple inferioridad, de las mujeres, para clasificar estudiantes en las escuelas, etc.
Este supuesto progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose paulatinamente, lo que ha llevado a incorporar al colectivo de los considerados como “educables” a las mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron excluidas, por creerlas subdotadas y de un rango menor respecto del varón; también a los hijos de las clases populares, a los que todavía se cree en algunos sectores conservadores que están en desventaja social o que son pobres por no ser su naturaleza educable; a minorías o mayorías raciales, consideradas infradotadas respecto del hombre blanco; a los sujetos que muestran deficiencias de diverso signo, que en un principio fueron vistos como frutos del pecado o, simplemente, alguien que resultaba irrecuperable.
La historia del progreso inclusor está hecha de luchas sociales y políticas por desterrar privilegios y por el reconocimiento de la igualdad como posibilidad y como realidad. Para creerla posible y realizable han sido fundamentales los cambios en las concepciones sobre la naturaleza humana.
Las consecuencias prácticas que se derivan de los argumentos desarrollados en este punto se relacionan, pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a sujetos concretos o a grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales, de los beneficios de la escolarización.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
Las desigualdades en cuanto a la educación tienen hoy consecuencias, más allá de causar diferencias sobre las oportunidades que vayan a tenerse. En sociedades y culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena.
La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad.
La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado. Ser más o menos educado, haber disfrutado o no de la escolarización, es un problema de poder ser, estar y sentirse como sujeto que se sabe a sí mismo actor en la sociedad, necesario e importante para algo y para alguien.
¿Qué consecuencias y exigencias se derivan de esa capacidad de inclusión que tiene la educación? Primero, la de insistir en la importancia de la posesión de ciertos conocimientos y habilidades para poder incluirse en los procesos propios de la sociedad actual. Segundo, que esos contenidos tienen que ser herramientas de pensamiento, lo cual plantea condiciones a los mismos y a las formas de adquirirlos. Tercero, que es preciso reparar en el valor de las habilidades para aprender y comprender dentro y fuera de la escuela. Cuarto, que conviene no olvidar que la inclusión lo es para una cultura que es plural y en la que hay consensos y disensiones. Capacitado el sujeto para poder incluirse, debe tener la posibilidad de singularizarse en ese proceso, de luchar por la transformación de las exigencias dominantes para la inclusión y hasta el poder autoexcluirse.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas: En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela Esincuestionablequeelprocesoeducativoganaráconladesescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación la civilización engendra, a su vez, anticivilización, y la refuerza progresivamente.
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos. La eficacia de la modernidad, afirma FLORES D’ARCAIS (1994), se vive como distancia entre las promesas realizadas y las incumplidas. Distancia entre el desarrollo material, científico y tecnológico, por un lado, que necesita de la educación y presiona fuertemente sobre ésta, mientras que, por otro, distan de cumplirse satisfactoriamente las promesas de libertad, autonomía y mejora de la condición humana.

CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S
TEMA:
La educación obligatoria y el
optimismo acerca del progreso
CURSO:
Panorama de la educación en México
TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina Gonzalez Mendoza
ESTUDIANTES:
Juan Luis Arce Calderón
Jusús Eduardo Martinez Arce
Teó Adrian Cháves
GRADO Y GRUPO:
1°B
FECHA DE ENTREGA:
22 de ocubre del 2016
CAPÍTULO IV
La escolaridad obligatoria
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de
Que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación
El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”,
Como pensaba KANT.
Lógicamente, si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre,
También optimista
El ser humano puede mejorar, por tanto todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso facilitarlo. He aquí un determinante mandato para los profesores y para las escuelas en la educación obligatoria, un revulsivo contra la mentalidad selectiva, jerarquiza dora y determinista
La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios. Ésta es la nueva base democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se cree en que todos puedan crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades y capacidades, La universalidad de la educación obligatoria pierde su
Fundamento más digno
La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida por la reflexión de los
Seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización
La educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social
Y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen
Familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales
Dominados han sido y son discriminados en la educación.
Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos.
Hoy, todavía persisten dudas
En ciertos sectores sociales y del profesorado sobre este sentido
De la universalidad de la educación. La historia de la exclusión
Está construida sobre la desigualdad de la propiedad de bienes
Materiales, sobre los privilegios sociales y políticos de ciertas minorías, y sobre las creencias acerca de la desigual posesión de capacidades innatas que se consideran más propias de un
Tipo de seres humanos que de otros.
La escolarización no es todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que
No debe hacer nunca es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la jerarquía entre sujetos diferentes. La sociedad democrática no puede perder las cualidades de nadie, sino que debe reconocer en todos la posibilidad
Antropológica de progresar.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
Las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.
Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro —algo que se deriva del hecho de ser un derecho universal— no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización.
La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad. En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos. La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado.
A los excluidos sin educación les llegan a faltar las posibilidades para salir de ese estado; apenas si pueden reclamar sobre la injusticia de su condición
En las sociedades globalizadas, esta capacidad de inclusión significa lograrla para un contexto cada vez más amplio, en el que la fuerza de trabajo, como afirma GIDDENS (1999), tendrá que ser o tener una orientación más cosmopolita, nivelada por un cierto grado de educación
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo el resto de su vida.
Esincuestionablequeelprocesoeducativoganaráconladesescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso
¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998) — las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tantos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación?
Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ
LORETO BAJA CALIFORNIA SUR
LICENCIATURA DE EDUCACIÓN PRIMARIA
“La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso”
CURSO:
PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
TITULAR DE EDUCACIÓN:
ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA
ESTUDIANTES:
MELINA YARALI TALAMANTES BAEZA
DELIA GEORGINA GUTIERREZ CARMONA
FRANCISCO MARTIN DREW RODRIGUEZ
GRADO Y GRUPO
1 “B”
La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
La escolaridad obligatoria es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia.
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar. El incremento del nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida La educación se ligó estrechamente a la esperanza de la liberación social de aquellos que obtuviesen los frutos que la educación promete, configurando una sociedad abierta y móvil La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad, sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar La creencia en el progreso se asienta, pues, en un doble supuesto: a) Un consenso epistemológico defiende la creencia de que todos pueden ser educados propias de una sociedad que se rige por las ideas de la tradición. b) Un nuevo consenso moral el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo. Somos tal como nos han hecho, como ha sido posible hacernos y según nosotros hemos reaccionado ante ese molde adoproveniente del exterior. La escuela es una institución que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben progresar, todos deben “crecer”, sin exclusión alguna, la relación entre la posibilidad del progreso, en general, y el “crecimiento “que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
Las acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las emprenden y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.
Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos.
Todos los niños en edad escolar entran en el sistema educativo en los países desarrollados, pero no todos están en igualdad de condiciones; ni se llega a esperar de ellos el mismo progreso porque se les considera en muchos casos desiguales. Ganada la apuesta por la escolarización, hay que profundizar en la batalla de la igualdad. Para lograrla han de combatirse las actitudes y las concepciones de sentido común o las proporcionadas por argumentos pseudocientíficos que justifiquen las desigualdades de trato a diferentes seres humanos o las distintas expectativas acerca de lo que cada uno puede dar de sí.La escolarización no es todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que no debe hacer nunca es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la jerarquía entre sujetos diferentes.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social; la escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros. Las sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables.
La virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad. En la cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no queden definitivamente excluidos. La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado.
Lógicamente si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo
de algún modo los individuos. La creencia en el progreso se asienta pues, en un
doble supuesto:
La capacidad de inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en la
inserción en las actividades productivas. En segundo lugar, tiene una dimensión
intelectual, en tanto que capacitación para el entendimiento del mundo. En
tercer lugar, la inclusión tiene una vertiente emocional: la de poder sentirse
como un actor social que interviene en su medio, un sujeto creador, libre y
autónomo.
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
Secretaria de Educación Pública
Centro Regional de Educación Normal
“Marcelo Rubio Ruiz"
LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO
MATERIA:
PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
MAESTRA:
ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA
EQUIPO:
CRYSTAL NATALY ESTRADA SAMANIEGO
OMAR ALEXIS OSUNA PERALTA
AMERICA GUADALUPE MONTES CASTRO
LORETO, BAJA CALIFORNIA SUR.
Capítulo 4 "La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso"
La escolaridad obligatoria, ha reflejado y los sigue haciendo, una
apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Si es un derecho
universal, a nadie se le puede negar.
Las creencias en el principio de que todos son educables en alguna medida.
La idea de progreso se expresa en haber convertido la educación
obligatoria en un derecho para todos, lo cual implica el supuesto de que todo
ser humano puede mejorar, tiene que recibir información. El incremento del
nivel de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros
indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida (Baudelot y
Establet, 1990).
La ubicación del individuo en la
sociedad y el mundo queda a merced de lo que el haga y construya. La educación
moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su
origen, porque desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber
nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede
corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y no viene dado por
ninguna fuerza inamovible, por destino o por fatalidad, sino que es susceptible
de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLER (1998, pág. 165)
Lógicamente si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo
de algún modo los individuos. La creencia en el progreso se asienta pues, en un
doble supuesto:
a Un consenso epistemológico que define la creencia de que todos pueden
ser educados.
Un nuevo consenso moral
según el cual todos deben ser educados, porque todos pueden serlo, bien sea con
el fin de corregir sus limitaciones, de protegerlos de las influencias.
El ser humano puede mejorar, por tanto, todos deben hacerlo en alguna
medida y es preciso facilitarlo.
Este optimismo antropológico parte del hecho básico de la plasticidad
humana (Se refiere a que el ser humano es moldeable en direcciones
diversas en su desarrollo), que se evidencia desde el nacimiento, la cual
se convierte en una posibilidad asentada, paradójicamente, en la insuficiencia
del recién nacido. La escuela es una institución que quiere guiar ese
desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
Si no se cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar
sus habilidades y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria
pierde su fundamento más digno. La educación escolar no es una influencia
espontanea, sino dirigida por la reflexión de los seres humanos que la rigen,
que es asumida, encargada y moldeada por cada profesor.
La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de
humanización, a la realización de una utopía que llevan a los sujetos y a la
sociedad más allá de donde el profesor se lo encuentra. En las escuelas obligatorias,
todos deben progresar, todos deben “crecer” sin exclusión alguna.
La relación entre la posibilidad del progreso en general, y el
“crecimiento” que en los individuos provoca la educación no siempre es evidente
para todos, en el sentido de que en la vida social, y en el medio escolar, no
se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que
todos pudieran llegar a ser iguales.
Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros
de grupos raciales, dominando han sido y son discriminados en la educación. Las
acciones en la vida cotidiana se nos presentan ligadas a los sujetos que las
emprenden y las consideramos causadas de manera inmediata por ellos.
La tendencia a unir las diferencias psicológicas humanas a las condiciones
de la naturaleza (exterior o interior al hombre) viene de lejos.
Según el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET
(1985;obra publicada por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que
aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de
acuerdo con la medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si
fuesen aptitudes ajenas a las influencias educativas.
Toda práctica de examen, psicológico o pedagógico, tenderá a ser
utilizada como una mirada documentada de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978)
que permite describir, calificar, juzgar, clasificar, comparar y también
castigar, en tanto hace visibles las diferencias entre los sujetos y las
objetiva a través del uso de lo que se consideran procedimientos científicos. La mente humana tiene
una base biológica, pero lo que se haga con ella depende de las experiencias y
de la cultura que dan contenidos a las capacidades posibilitadas por dicha
base.
Hoy, todavía persisten dudas en ciertos sectores sociales y del
profesorado sobre este sentido de la universalidad de la educación. .Ésta es
una batalla todavía no ganada definitivamente. Todos los niños en edad escolar
entran en el sistema educativo en los países desarrollados, pero no todos están
en igualdad de condiciones; ni se llega a esperar de ellos el mismo progreso
porque se les considera en muchos casos desiguales. La escolarización no es
todopoderosa para combatir las desigualdades, pero lo que no debe hacer nunca
es ser ella causa de una mayor desigualdad, dando trato diverso o reforzando la
jerarquía entre sujetos diferentes
.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las
desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la
escolarización.
La escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para
recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo
constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida,
etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que
disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la
desigualdad entre unos y otros.
La escolarización es camino problemático para la consecución de más
igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la
cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor desigualdad.
Se puede decir que la educación evita mayores desigualdades y puede ser un
medio para corregirlas, si va acompañada de otras medidas.
Recibir o no educación es condición para la participación en la sociedad,
desde el momento en que para desempeñar el ejercicio de muchas actividades y
puestos de trabajo se requiere una preparación previa, así como herramientas y
habilidades para adquirirla.
El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter
fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder
enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se
entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas,
capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos
(MARSHALL y BOTTOMORE, 1998).
El derecho a la cultura no impide que su realización sea matizada con un
currículum escolar en el que puedan contemplarse diferencias culturales, En la
cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento
es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles
para que no queden definitivamente excluidos.
.La desigualdad implica distancia entre unos y otros, la exclusión
supone un alejamiento irrecuperable, la degradación del excluido, que pasa a la
categoría de negado.
La educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite
conocimientos, valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con
el mundo, en la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de
éste.
La capacidad de inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en la
inserción en las actividades productivas. En segundo lugar, tiene una dimensión
intelectual, en tanto que capacitación para el entendimiento del mundo. En
tercer lugar, la inclusión tiene una vertiente emocional: la de poder sentirse
como un actor social que interviene en su medio, un sujeto creador, libre y
autónomo.
Estos tres aspectos son esenciales para el equilibrio psicológico de las
personas en nuestro mundo.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha
acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la
cultura y en el progreso (HERMAN, 1998).
¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el
seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el
fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER
(1998).
Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la
felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir
la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas
en ella?
Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal
desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos
fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia
adelante”
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación
obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus
grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro
en diferentes colectivos humanos.
La persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso
escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la
privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en
que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado.
La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
LORETO B.C.S.
LA
EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO
CURSO:
Panorama actual de la
educación básica en México
TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina González
Mendoza
ESTUDIANTE:
Isabel Cristina Ochoa
Parra
Guadalupe Aguiar Hernández
Celia Abigail Murillo
Bastida
Joselino Bastida Ortiz
GRADO Y GRUPO:
1°B
La educación obligatoria y el optimismo
acerca del progreso
La escolaridad obligatoria es
un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en
los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición
humana. Si es un derecho universal puede negar.
La
creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
La primera manifestación del
optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido
la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de
que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que
recibir educación. Si la apropiación de la cultura incrementa la dignidad
humana potenciando sus disponibilidades, nadie puede quedar excluido de tal
beneficio.
El incremento del nivel de
escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros indicadores
sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida (BAUDELOT y ESTABLET,
1990).
La educación se ligó
estrechamente a la esperanza de la liberación social. La educación moderna
lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su origen.
La creencia en el progreso se
asienta en:
a) Un
consenso epistemológico que defiende la creencia de que todos pueden ser
educados
b) Un
nuevo consenso moral según el cual todos deben ser educados, porque todos
pueden serlo.
Optimismo
antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana; Plasticidad
quiere decir que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su
desarrollo y que, por tanto, puede ser guiado y la escuela es una institución
que quiere guiar ese desarrollo de acuerdo con planes y directrices propios.
Las consecuencias prácticas
que se derivan de los argumentos desarrollados en este punto se relacionan,
pues, con la necesidad de evitar prácticas que excluyan a sujetos concretos o a
grupos, por sus condiciones económicas, culturales o personales, de los
beneficios de la escolarización.
Un
camino para la igualdad y para la inclusión social
La educación no es un
omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera
de las escuelas y que son previas a la escolarización. Las teorías sociológicas
de la reproducción han constatado el efecto que tiene la escuela para propagar
las desigualdades sociales, lo que ha podido conducir a una falta de ánimo y de
empuje para atisbar alternativas educativas. La escolarización obligatoria es
sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad.
Tener conciencia de qué es el
mundo y la sociedad actuales no es algo a lo que pueda accederse desde el
sentido común sin la aportación de aprendizajes que no suelen adquirirse en el
intercambio cotidiano con las cosas y con las demás personas. Las sociedades
son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas variables y
condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez para
siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados
podrán entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una
mayor flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables. En sociedades y
culturas de ese tipo, la persona no cultivada o con carencias y deficiencias
notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su
participación plena en la sociedad. La educación proporcionada por la
escolarización obligatoria, igual para todos, constituye un requisito que
capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena.
Desde el concepto de
ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de
los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la
sociedad.
Es este derecho a la cultura y
no el derecho de la cultura; el derecho a la cultura no impide que su
realización sea matizada con un currículum escolar en el que puedan
contemplarse diferencias culturales.
En la cultura actual, la
desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento es de tal
amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles para que no
queden definitivamente excluidos. A los excluidos sin educación les llegan a
faltar las posibilidades para salir de ese estado; apenas si pueden reclamar
sobre la injusticia de su condición.
¿Caduca
la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
La debilitación del proyecto
progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede del
incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen
en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos.
La pérdida de prestigio social
del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la
democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la
persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la
pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la
privatización de ésta… son razones que nos deben hacer pensar en que el camino
recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado.
Xiomara Guadalupe Camacho Salinas
Christian Santana Briseño
Belinda Ernestina Higuera Flores
LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA Y EL OPTIMISMO ACERCA DEL PROGRESO.
La escolaridad obligatoria, en tanto que proyecto humanizador que es, ha reflejado, y lo sigue haciendo, una apuesta por el progreso de los seres humanos y de la sociedad. Es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT. La ubicación del individuo en la sociedad y en el mundo queda a merced de lo que él haga y construya
Todos deben “crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la especial formación que el profesor requiere, pero sobre todo, el claro compromiso que debe tener con unos ideales que, lamentablemente, pesan poco en las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado. Quedan como compromiso ético exigible solamente ante una especie de súper-yo vigilante, llamado ética profesional.
En el sentido de que en la vida social y en el medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni, desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales. La historia de la progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados en la educación. Hoy, cuando no es política ni socialmente admisible adscribirse, ni gusta a nadie que se le adscriba, al bando de los conservadores opuestos a un liberalizar los bienes culturales, las resistencias a la extensión de la educación se disfrazan de argumentos más sofisticados.
Un camino para la igualdad y para la inclusión social
Las diferencias que se encuentran en las costumbres y las aptitudes de los hombres, son debidas a su educación más que a ninguna otra cosa; debemos deducir que ha de ponerse gran cuidado en formar el espíritu de los niños y darles aquella preparación temprana que influirá en el resto de su vida.
Que un ser humano reciba la misma educación que cualquier otro no significa igualarlos entre sí. La educación no es un omnipotente medio para la supresión de las desigualdades cuyo origen está fuera de las escuelas y que son previas a la escolarización.
En el mejor de los casos, la escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros. La escolarización es camino problemático para la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor desigualdad.
La persona no cultivada o con carencias y deficiencias notables en la educación queda excluida socialmente, al ser impedida su participación plena en la sociedad.
El derecho social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles, políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los mismos, posibilitándolos y potenciándolos. La educación socializa no sólo reproduciendo, cuando transmite conocimientos, valores y normas de conducta, sino también produciendo lazos con el mundo, en la medida en que habilita para ser y considerarse un miembro de éste.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
He aquí tres pensamientos que expresan la visión de un fracaso, tres negaciones o reproches a la bondad ilustradora de las escuelas:
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela
Es incuestionable que el proceso educativo ganará con la desescolarización de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación (...) la civilización engendra, a su vez, anti civilización, y la refuerza progresivamente.
En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales, el fascismo, el holocausto o el terror atómico? ¿Por qué —se pregunta STEINER (1998)— las barreras del humanismo fueron tan ineficaces para frenar la barbarie en el siglo XX (siglo de la escolarización universal)? ¿No habrá que admitir la tendencia al mal, el tantos, como una dimensión de la naturaleza humana indomable por la cultura y la educación? Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención puestas en ella? En estas preguntas arranca un extenso y necesario programa de revisión de lo que ha ocurrido, que aquí no nos es posible acometer. Nos queda la esperanza racionalista en que hayan sido la modernidad mal desarrollada o el poco tiempo de su aplicación efectiva las causas de esos fracasos, para poder seguir manteniendo esa capacidad de seguir “soñando hacia adelante” de la que habla STEINER.
La debilitación del proyecto progresista que supone la educación obligatoria universalizada procede, sobre todo, del incumplimiento de sus grandes objetivos y de las desigualdades que se producen en cuanto a su logro en diferentes colectivos humanos. La eficacia de la modernidad, afirma FLORES D’ARCAIS (1994), se vive como distancia entre las promesas realizadas y las incumplidas. Distancia entre el desarrollo material, científico y tecnológico, por un lado, que necesita de la educación y presiona fuertemente sobre ésta, mientras que, por otro, distan de cumplirse satisfactoriamente las promesas de libertad, autonomía y mejora de la condición humana. El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.

Capitulo IV-. La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso

Capitulo IV-. La educación obligatoria y el optimismo acerca del progreso
La creencia en el principio de que todos son educables en alguna medida
La primera manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto, tiene que recibir educación.
El proyecto moderno de educación es optimista acerca de las posibilidades de la naturaleza humana, y lo es también desde un punto de vista histórico, porque contribuye a la liberación exterior del hombre respecto de poderes que lo hacen “menor de edad”, como pensaba KANT.
Este optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones. Lógicamente, si el mundo puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos. Para que esta idea pueda sostenerse necesita de otra certidumbre, también optimista: la de que los límites de las capacidades psicológicas del individuo no vienen dados desde su nacimiento.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la educación?
En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños son más listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante toda su permanencia en la escuela. En la historia y en la cultura, a la idea utópica de progreso le ha acompañado la utopía negativa que estipula la decadencia en la historia, en la cultura y en el progreso (HERMAN, 1998). La fe y la esperanza en la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos perniciosos. El pesimismo en cuanto al valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado. La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.




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