SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA
SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUÍZ”
LORETO B.C.S
LICENCIATURA EN EDUCACIÓN PRIMARIA
CURSO: PANORAMA
ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
TITULAR DEL CURSO: ALMA
DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA
ESTUDIANTES:
#8
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DAVIS AGUIAR ELVA RAMONA
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#9
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DELGADO MAYA MARTHA IRENE
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#20
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MARTÍNEZ ARCE JESÚS EDUARDO
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#23
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MEZA PEÑUELAS SELEGNA GUADALUPE
|
#31
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SÁNCHEZ GERALDO AURORA DEL ROSARIO
|
GRUPO: 1° “B”
CAPÍTULO
V
La educación
obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela
común.
La
educación supone enfrentarse con retos y ámbitos de significado muy
polivalentes: la lucha contra las desigualdades, el problema de la escuela
única interclasista, la crisis de los valores y del conocimiento tenidos por
universales, las respuestas ante la multiculturalidad y la integración de
minorías, la educación frente al racismo o el sexismo, las proyecciones del
nacionalismo en las escuelas, la convivencia entre las religiones y las
lenguas, la lucha por la escuela para la autonomía de los individuos, los
debates “científicos” sobre el desarrollo psicológico y sus proyecciones en el
aprendizaje, la polémica sobre la educación comprensiva, las posibilidades de
mantener en unas mismas aulas a estudiantes con diferentes capacidades y ritmos
de aprendizaje, además de la revisión de las rigideces del actual sistema
escolar y de sus prácticas.
Naturalidad de
las diferencias
La idea de buscar unos mismos fines en la
educación, admitiendo que todos tenemos una misma naturaleza humana, tratando
de hacer compatible aquel ideal y este supuesto con la diversidad
Humana, ha sido y es un tema central para el
pensamiento educativo y un reto difícil para las instituciones escolares y para
los profesores.
En el pensamiento en general y en el educativo,
en particular, en permanente relación
Dialéctica con la proclamación de la
universalidad de la naturaleza humana, de la que se deduce, entre otras cosas,
el derecho a recibir la enseñanza en condiciones de igualdad. De cómo se
entienda la universalidad y de hasta dónde se quieran llevar sus implicaciones,
o en qué aspecto se respete la diversidad, dependen las respuestas que se
pueden dar al problema que
Nos ocupa. Distinguir a los estudiantes por su
ingenio, tratarlos y agruparlos según sus características, sus habilidades,
etc.
Somos únicos porque somos “variados”
internamente, porque somos una combinación irrepetible de condiciones y
cualidades diversas que no son del todo estáticas; lo que nos hace también
diversos respecto de nosotros mismos a lo largo del tiempo y según las
circunstancias cambiantes que nos afectan.
El ser humano, seguramente, tomó muy pronto
conciencia de la variabilidad de la acción y de la naturaleza humanas, al
tiempo que apreciaba esa misma condición en otros seres, y sintió la
necesidad de simplificar esa dispersión
“imponiendo” por su parte regularidades, categorías o tipologías para entender
la variedad del ser humano.
la indolencia está la mansedumbre, entre la
malicia y la simpleza está la prudencia, o entre la prodigalidad y la tacañería
está la liberalidad, etc. La diferencia es lo normal. Si variedad
interindividual e interindividual son normales y son manifestaciones de la
riqueza
de los seres humanos, deberíamos estar
acostumbrados a vivir.
Con ella y a desenvolvernos en esa realidad.
Así lo hacemos en la vida social, en la familia, y en cualquier ámbito de la
vida, expresando nuestra particular idiosincrasia y aceptando la de los
demás. La educación en las instituciones
escolares, como la vida en cualquier otro ámbito, se enfrenta (mejor: debería
enfrentarse) de manera natural con la diversidad entre los sujetos,
entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo. Cuantas más gentes
entren en el sistema educativo y cuanto más tiempo permanezcan en él, tanta más
variedad se acumula en su seno.
En la vida social, gobernada por procedimientos
democráticos, la diversidad social, de opiniones, en cuanto a modelos de vida,
etc., se aborda con la práctica de la tolerancia, la aceptación de normas
compartidas que obligan a algunas renuncias en los individuos y respetando
espacios para la expresión y cultivo de las individualidades singulares.
Porque la singularidad no sólo es una realidad
dada de los individuos, sino que se la resalta además como un valor importante
en las sociedades democráticas liberales y tolerantes que reconocen los
derechos que protegen y proporcionan espacios a la individualidad.
Si la educación tiene que ver con la
capacitación para el ejercicio de la libertad y de la autonomía, la escuela
tiene que respetar la singularidad individual y fomentarla sin discriminaciones
para todos. La educación debe preocuparse por estimular diferenciaciones que no
supongan desigualdades entre los estudiantes; tiene que hacer compatible el
currículum común y la escuela igual para todos con la posibilidad de adquirir
identidades singulares, lo que significa primar la libertad de los sujetos en
el aprendizaje.
Compartan determinados rasgos, cualidades y
frutos culturales. Es decir, se trata de crear comunidades en torno a hábitos,
valores y significados compartidos que exigen el parecerse algo en las formas
de pensar, compartir reglas, algunos valores y respetar algunas normas
De conducta. Lo cual no significa seguir vías
coercitivas y proponer modelos unívocos de cultura que se deben asimilar.
Lo diverso, en condiciones de igualdad, es
tolerable y, en ocasiones, deseable; la desigualdad ha de ser corregida si
admitimos la universalidad del derecho a la educación.
Sólo las diferencias y las prácticas que las
protegen que no desigualen o toleren la desigualdad pueden admitirse en la
escolaridad obligatoria.
La diversidad
se convierte en problema. El gusto por la norma o el nivel
En la escuela no se admiten grados muy distintos de logro
en los objetivos comunes, existen mecanismos que estimulan la graduación de
resultados individuales que premian y castigan la separación de la norma. Las
líneas entre las que es preciso moverse, manifestarse y existir no permiten
mucha desviación de lo que se considera normal. El mecanismo de normalización
que define el éxito (para los que quedan incluidos en la norma) y la exclusión
(para los que quedan fuera de la norma) se vio reforzado en el momento en que
la escolaridad se hizo realmente obligatoria para todos. Cuando la escolarización
universal no es real, la exclusión de los que no superan la norma no es
necesaria, ya que los candidatos a ser excluidos ni siquiera acuden a las
escuelas. Cuando éstos las frecuentan, pero están poco tiempo en ellas y las
abandonan, ocurre lo mismo. Pero cuando la obligatoriedad se hace efectiva,
aparece la idea de fracaso escolar como lacra interna, aparentando ser una
especie de atipicidad que se convierte en una forma de exclusión que afecta,
ahora, a los que permanecen dentro de las escuelas. Fracasar es ser excluido
por una vía de carácter más bien técnico: la del “etiquetado” que implica no superar
la norma que define lo que es y no es aceptable. Supone negar a los sujetos
fracasados la bondad de la escolaridad por otras vías, culpabilizándoles de no
dar de sí lo que se les exige, hasta el punto de que algunos consideran que
sería mejor para ellos apartarlos del sistema (así no habría excluidos ni
agentes que tienen que excluir).
La escuela legítima,
por la vía de la apreciación del mérito personal de los alumnos, las diferencias
y desigualdades entre sujetos, transformándolas en un escalonamiento. Esta función normalizadora es más propia, pues, de la
perversión selectiva y jerarquizadora de la escuela que del espíritu integrador
que debe orientar a la escolaridad obligatoria. Parece como si la universalidad
de la educación para los sujetos diversos acabase a la entrada del recinto
escolar, para, una vez dentro, ser jerarquizados, expidiendo un certificado con
la des-igualdad a la salida, lo que da lugar a la exclusión de los
escolarizados. Es tan grave este problema que se convierte no ya en una
disfuncionalidad de las instituciones escolares (el alto fracaso que producen obstaculiza
su propio proyecto y su dinámica), sino en un problema social que delata el fracaso
de la escuela obligatoria para dar acogida en su seno a toda la diversidad
de la población escolar. No es el fracaso de la educación, sino el de la forma
de proveerla a una población muy heterogénea desde el punto de vista
psicológico, social y de procedencia cultural. La escuela y su currículum, que
deben ser oportunidades para todos, pasan con demasiada facilidad a ser
estructuras de dificultades graduadas que todos han de superar a un mismo ritmo
y con las mismas ayudas, de suerte que en cada uno de los escalones
establecidos en la graduación medimos a los sujetos para ver si son aptos o no,
los diferenciamos y les decimos a muchos que son desiguales a los demás. De ser
oportunidad de aprendizaje en la escolaridad obligatoria, los contenidos
culturales se convierten en escalera jerarquizadora y excluyente de los que
ascienden despacio, se detienen en el camino o, simplemente, rechazan la escalera
porque no les atrae subir por ella, o porque desconocen adónde conduce y no ven
motivos para ascender por ella. Los profesores de la enseñanza primaria están
acostumbrados a la variedad y disparidad de situaciones individuales respecto de
la norma ideal; para los que trabajan en la enseñanza secundaria obligatoria
esta “diversidad de niveles” suele chocar con la cultura profesional acrisolada
en bachillerato, más seleccionadora y propicia a jerarquizar. La expansión de la
enseñanza secundaria ocurre como una exigencia social, pero se realiza bajo la
orientación curricular y pedagógica que la convierte en la puerta de entrada a
la enseñanza universitaria. Su misma expansión cuantitativa y las necesidades
sociales que va cubriendo conducen a entenderla como prolongación de la
formación general.
La idea de que cualquier adolescente puede ser
beneficiario de la enseñanza secundaria, continuando su formación general, no
está asumida completamente en nuestro contexto más allá de las regulaciones
legales—, a pesar de haberse planteado ya en las propuestas de la Institución
Libre de Enseñanza. Esta resistencia se explica por haber sido un estilo
educativo sin relación con la preparación general, previa a la formación utilitaria,
es decir, que ha preservado su impronta académica de origen: ejercer la
reflexión, el juicio, la razón, etcétera.
Es un hecho la existencia de una ruptura
importante en la continuidad de estilos entre la enseñanza primaria y el nivel
secundario, visible en muchos aspectos, no se acepta la posibilidad de que
todos puedan beneficiarse de la cultura que constituía el bachillerato. El
espíritu de la enseñanza obligatoria no reside en decir a cada alumno lo que
vale respecto de exigencias normativas que, en tanto son elaboraciones
culturales, son siempre arbitrarias, sino que debería enriquecerlo desde el
nivel en el que esté y del que parte. La educación secundaria que se convierte
en obligatoria pasa a ser una educación general y, como tal, debe entenderse:
válida para todos. Pero la realidad de que la educación secundaria o media es
antesala de la enseñanza superior no puede hacerle perder su carácter
propedéutico académico, lo que reclama un currículum peculiar y un cierto nivel
de exigencia.
Graduar la
escolaridad obligatoria facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo
para los estudiantes que son desiguales
La diferencia y la desigualdad son realidades con las que
la escuela obligatoria debe contar, pero son también algo creado por sus
prácticas de organización.
A medida que la afluencia de
éstos aumentó y el rango de edades de los mismos se amplió, como consecuencia
de la prolongación de la etapa de escolaridad obligatoria, la institución escolar
tuvo que adoptar fórmulas de tratamiento diferenciado de los alumnos.
La idea de graduar no
era nueva en la educación, aunque será la moderna organización escolar la que
la plasmará en un modelo completo, como especialización graduada del
currículum, parcelación del mismo en especialidades, reparto secuencial de éste
a lo largo de la escolaridad y clasificación de los estudiantes en “fases” para
su educación.
La psicología científica
fundamentó la importancia de considerar lo que ocurre en el interior del que
aprende, ofreciéndonos a través de su mirada una visión cada vez más minuciosa
de la diversidad psicológica entre individuos y sobre la evolución diacrónica
de cada uno de ellos.
Resultado de la confluencia
entre la perspectiva de la racionalidad taylorista de la escolarización y del
currículum con la visión psicológica del niño es el concepto de educando diversificado,
en función de la etapa escolar por la que pasa, por su edad y según las
posibilidades que es capaz de desarrollar, de acuerdo con las capacidades
singulares que posee en cada momento.
La escuela a la medida del
niño se entendió, en primer lugar, como una institución apropiada para el
educando, como alguien que es diferente de los adultos, pues es un ser que
evoluciona.
La escuela a la medida del
niño llegó a significar también, en segundo lugar, la toma en consideración de los demostrables desiguales niveles de
inteligencia general, así como de la variedad
de las aptitudes específicas de cada uno.
Toda clasificación tiene dos
efectos sobre la percepción y manejo en las escuelas de la heterogeneidad de estudiantes. Por un lado, al
distribuir en categorías o niveles a los individuos, una parte de la
diversidad o variabilidad natural es absorbida o
normalizada por los mecanismos de poner a cada uno en la categoría que le
corresponde. Por otro lado, al no agotar las categorías de clasificación la
variedad natural, otra parte de la variabilidad
permanecerá en forma de ruido molesto
a todo el engranaje escolar y a las prácticas de los profesores;
La escuela graduada (la
que clasifica a los estudiantes a lo largo de toda la escolaridad) es hoy modelo universal de
organización que, sin reflejar en su dinámica un pensamiento científico concreto, es la fórmula
que de manera general plasma la secuencia del desarrollo ordenado y normalizado
de la educación.
El modelo de graduación más
extendido está basado en el período año de vida-año de escuela, que se
corresponde con la asignación de partes del currículum.
La diversidad inevitable en
una escolaridad prolongada y universalizada, que era atajada gracias a la graduación, llevaba emparejada la secuencia
de tramos del currículum, con la consiguiente
determinación de niveles de exigencia para
cada grado, lo cual da lugar al establecimiento de niveles de “excelencia”
esperados como normales para los estudiantes.
Flexibilizar la graduación y
cualquier otro tipo de clasificación en un sistema hecho desde la pretensión contraria no será
fácil. Pero es condición para acomodarse a una diversidad que no puede ser del todo
anulada clasificando a los estudiantes en categorías.
Formas de abordar
la complejidad provocada por la diversidad
Los profesores no pueden quedarse en el papel
de simples vigilantes de todos esos procesos de clasificación y de
normalización regulados para ser jueces de los “buenos” y de los “malos”
estudiantes. El profesorado de enseñanza
secundaria estaba acostumbrado a los esquemas de organización curricular del
bachillerato (caracterizados por una normatividad curricular muy definida,
centrada en los contenidos de las clásicas asignaturas) y al uso de la norma
curricular con fines selectivos. El
conflicto en el plano del auto concepto profesional y en el de la marcha de las
aulas se produce al tener que adaptar los patrones de “rendimiento que se
consideraban ideales” hacia otros más diversificados, no tan “académicos”, por
los que puedan pasar estudiantes que presentan características muy distintas
unos de otros, sin que sean excluidos de la enseñanza obligatoria. Una
enseñanza estrictamente individualizada, tal como la pensaba DOTTRENS (1949), a
través de fichas, o las guías y planes de trabajo elaborados para alumnos
determinados, sólo son tácticas y recursos viables para situaciones puntuales y
para estudiantes con necesidades muy específicas (bien se deba su
excepcionalidad a déficit de aprendizaje o al hecho de tener capacidades
superiores a las de los demás, que también deben ser tenidas en cuenta por una
pedagogía para la diversidad).
1. Debatir y lograr consensos acerca de lo que debe ser común
para todos, distinguiéndolo de lo que, aun siendo valioso, no tiene que ser
necesariamente parte del currículum común.
2. NA la diversidad de los sujetos hay que responder con la
diversificación de la pedagogía. Las tareas académicas definen modos de
trabajar y de aprender, permiten utilizar diversos medios, salir o no fuera de
las aulas, crean ambientes de aprendizaje particulares y constituyen modelos de
comportamiento ante los que las individualidades se adaptan mejor o peor
(GIMENO, 1988).
3. Centros y profesores tienen que hacer viable el libre
progreso de los más capaces de forma natural, alimentando los intereses del
estudiante, abriéndole caminos y proporcionándole recursos. El profesor, aunque
sea consciente de la diversidad, inevitablemente tiene que trabajar con un
alumno-medio durante buena parte de su tiempo, lo cual no debe repercutir en el
empobrecimiento de “los mejores” y en la desatención de “los lentos”.
4. Con un solo libro de texto, idéntico para toda la clase,
sin otros recursos a disposición de los alumnos, es imposible diferenciar la
pedagogía cuando sea conveniente hacerlo. La diversificación tiene mucho que
ver con la ayuda de materiales que, por su contenido, nivel de dificultad y
capacidad de motivación, puedan ser trabajados por los estudiantes.
5. Más ambiciosa y complicada de ejecutar es la idea de ir
disponiendo de itinerarios formativos distintos (PERRENOUD, 1998) que rompan
con el marco organizativo dominante, entendiendo la individualización como una
estrategia general para períodos largos de tiempo, rompiendo las
clasificaciones de grados y las actuaciones individuales de los profesores
encerrados en sus especialidades.
La escuela
pública y comprensiva como respuesta a las desigualdades y a las diferencias
La
diversidad y las desigualdades entre estudiantes son aspectos que se
manifiestan en cada centro escolar y en cada aula. Las desigualdades que
subyacen a la distribución geográfica de la población se traducen en
desigualdades entre centros escolares ubicados en diferentes zonas: rurales o
urbanos, situados en suburbios o en áreas residenciales, ubicados en zonas de
diferente nivel de desarrollo, etc.
Se
producen otros muchos casos de desigualdad a través de la “especialización” de
escuelas en tipos de estudiantes provocados por causas económicas e
ideológicas. Un ejemplo muy acertado para poner en evidencia las resistencias
ideológicas a cambiar esas segregaciones lo ofrece la historia de la
coeducación.
La
diferenciación de tipos de estudiantes entre los centros públicos y privados
constituye uno de los casos más universales y frecuentes de segregación de
clientelas y de desigualdad real ante la educación.
La
escuela pública es una apuesta histórica a favor de la igualdad, porque
posibilita el acceso a la educación a quienes no tienen recursos propios, y lo
es, además, porque en ella debe tener cabida toda la diversidad de estudiantes.
Es
preciso hacer compatible la igualdad de todos ante la educación con el
reconocimiento de la pluralidad de opciones y de modelos de escuela,
considerados como necesarios para garantizar la expresión democrática de la libertad
de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos (GIMENO, 1998a).
Los
modelos institucionales de escuela y la libertad para crearlos y asistir a
ellos no pueden menoscabar el derecho a la educación en condiciones de
igualdad. La fórmula de organización comúnmente adoptada para la realización de
esta filosofía es la llamada escuela comprensiva, que tiene como característica
esencial el mantenimiento de todos los estudiantes juntos, sin segregarlos por
especialidades ni por niveles de capacidad, a los que se les imparte un
currículum común, sea cual sea su condición social, de género, capacitación,
credo religioso, etc.
El
principio de comprensividad favorece la “mezcla” social, razón en la que reside
una de sus principales virtudes, que es también motivo para el rechazo de otros
sectores sociales contrarios a ese modelo. Dicho principio se respeta siempre
para la enseñanza primaria en los sistemas educativos.
CAPITULO V:
La educación obligatoria: una escolaridad igual
para sujetos diferentes en una escuela común.
Una vez
que se han explicitado los grandes objetivos y las funciones generales de la educación
obligatoria, elevada a la categoría de derecho social universal, ahora nos
resta comentar los grandes temas que deben afrontarse para hacer operativo ese derecho
y los problemas que desencadena. Una larga
tradición de pensamiento y de prácticas se ha acumulado para dar respuesta a lo
que se espera de esa etapa educativa.
¿Qué
ocurre cuando una institución como la escuela obligatoria se enfrenta con toda
la diversidad social y de los individuos, siendo ella, por su historia, un
modelo para asimilar la variedad sometiéndola a un patrón de pensamiento y de conducta?
Pues, sencillamente, que tolera mal esa circunstancia. Una escuela común que
satisfaga el ideal de una educación igual para todos (lo que presupone en buena
medida un currículum común), en el paisaje social de las sociedades modernas,
acogiendo a sujetos muy diversos, parece una contradicción o un imposible. No
obstante, el derecho básico de esos sujetos a la educación, en condiciones de
lo que WALZER (1993) denomina igualdad simple (una enseñanza con contenidos y
fines comunes), obliga a aceptar el reto de hacer compatible en la escolaridad
obligatoria un proyecto válido para todos con la realidad de la diversidad. Como
hemos comentado en apartados anteriores, la escuela, durante la etapa de la
escolaridad obligatoria, debe ser integradora de todos o, en caso contrario,
traicionará el derecho universal a la educación.
Plantear
el problema de la diversidad y de la diferencia en y ante la educación supone
enfrentarse con retos y ámbitos de significado muy polivalentes: la lucha
contra las desigualdades, el problema de la escuela única interclasista, la
crisis de los valores y del conocimiento tenidos por universales, las
respuestas ante la multiculturalidad y la integración de minorías, la educación
frente al racismo o el sexismo, las proyecciones del nacionalismo en las
escuelas, la convivencia entre las religiones y las lenguas, la lucha por la
escuela para la autonomía de los individuos, los debates “científicos” sobre el
desarrollo psicológico y sus proyecciones en el aprendizaje, la polémica sobre
la educación comprensiva, las posibilidades de mantener en unas mismas aulas a
estudiantes con diferentes capacidades y ritmos de aprendizaje, además de la
revisión de las rigideces del actual sistema escolar y de sus prácticas. En
este espacio tal variedad de perspectivas. Nos limitaremos a plantear algunas
de especial relevancia para los profesores:
La naturalidad de las diferencias:
La
consideración de la diversidad humana es una constante en la historia de los
sistemas escolares, en el pensamiento en general y en el educativo, en
particular, en permanente relación dialéctica con la proclamación de la
universalidad de la naturaleza humana, de la que se deduce, entre otras cosas,
el derecho a recibir la enseñanza en condiciones de igualdad.
Distinguir
a los estudiantes por su ingenio, tratarlos y agruparlos según sus
características, sus habilidades, etc., son prácticas inherentes al desarrollo
de la sensibilidad pedagógica.
La
variedad entre seres humanos es consustancial a su misma existencia y se produce
en dos planos, en el intraindividual y en el interindividual.
En el
plano individual se hace evidente en forma de inconstancia en el modo de ser y
de comportarse a lo largo de su vida, así como en las manifestaciones que
tienen sus disponibilidades personales.
En
un segundo plano, la variedad se manifiesta también como
multiplicidadentreindividuos.Alestarconstituidoelsujetoporelaboraciones a
partir de los contactos con los demás, al ser los intercambios con éstos tan
variados, dan lugar a vidas interiores muy diversas.
El
ser humano, seguramente, tomó muy pronto conciencia de la variabilidad de la
acción y de la naturaleza humana, al tiempo que apreciaba esa misma condición
en otros seres, y sintió la necesidad de simplificar esa dispersión “imponiendo”
por su parte regularidades, categorías o tipologías para entender la variedad
del ser humano.
.De
esa forma se le haría más fácil comprender la complejidad de lo diverso y
anticipar el comportamiento de los demás.
ARISTÓTELES,
al tratar el tema de la naturaleza de la virtud ética, decía que:
…hay
que aceptar que, en toda cosa continua y divisible, hay un exceso, un defecto y
un término medio, y esto en su relación mutua o bien en relación con nosotros;
por ejemplo, en la gimnasia, en la medicina, en la arquitectura, en la
navegación, y en cualquier clase de acción, tanto científica como no científica
(…) pero en todo el término medio relativo a nosotros es lo mejor, porque esto
es lo que la acción y la razón ordenan (…) por consiguiente, es necesario que la
virtud ética se refiera a determinados términos medios y que sea un modo de ser
intermedio.
La
educación en las instituciones escolares, como la vida en cualquier otro
ámbito, se enfrenta (mejor: debería enfrentarse) de manera natural con la
diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en
el tiempo.
Las razones por las que una manifestación —la
variedad y variabilidad— de la vida y de las personas pasa a ser un problema
residen, pues: primero, en que la variedad pugna con la tendencia del pensamiento
a clasificar la dispersión que nos ofrece el mundo para entenderlo mejor;
segundo, en la mentalidad y los usos de las instituciones escolares que
reclaman de las individualidades el sometimiento a unas normas, a un currículum
y a un orden. La educación tiene ideales y desempeña funciones muchas veces de
carácter contradictorio, por pretender provocar la diferenciación
individualizadora a la vez que la socialización homogeneizadora, que significa
compartir rasgos de pensamiento, de comportamiento y de sentimiento con otros. La
educación bajo la filosofía ilustrada, universalista, pretende que se compartan
determinados rasgos, cualidades y frutos culturales.
La diversidad se convierte en problema. El
gusto por la norma o el nivel
El
funcionamiento dominante de la escuela, de su currículum, de los métodos
pedagógicos, está configurado, generalmente, más para organizar la desigualdad
entre los escolares que para corregirla o para convivir con la diversidad de
capacidades, niveles en las mismas, ritmos de trabajo distintos, motivaciones
variadas de los sujetos, etc. El mecanismo de normalización que define el éxito
(para los que quedan incluidos en la norma) y la exclusión (para los que quedan
fuera de la norma) se vio reforzado en el momento en que la escolaridad se hizo
realmente obligatoria para todos .Pero cuando la obligatoriedad se hace efectiva,
aparece la idea de fracaso escolar como la
crainterna, aparentando ser una especie de atipicidad que se convierte en una
forma de exclusión que afecta, ahora, a los que permanecen dentro de las
escuelas. Fracasar es ser excluido por una vía de carácter más bien técnico: la
del “etiquetado” que implica no superar la norma que define lo que es y no es aceptable.
Supone negar a los sujetos fracasados la bondad de la escolaridad por otras
vías, culpabilizándoles de no dar de sí lo que se les exige, hasta el punto de
que algunos consideran que sería mejor para ellos apartarlos del sistema (así
no habría excluidos ni agentes que tienen que excluir).La escuela legitima, por
la vía de la apreciación del mérito personal de los alumnos, las diferencias y
desigualdades entre sujetos, transformándolas en un escalonamiento de los
logros escolares.
La
escuela y su currículum, que deben ser oportunidades para todos, pasan con
demasiada facilidad a ser estructuras de dificultades graduadas que todos han
de superar a un mismo ritmo y con las mismas ayudas, de suerte que en cada uno
de los escalones establecidos en la graduación medimos a los sujetos para ver
si son aptos o no, los diferenciamos y les decimos a muchos que son desiguales
a los demás. De ser oportunidad de aprendizaje en la escolaridad obligatoria,
los contenidos culturales se convierten en escalera jerarquizadora y excluyente
de los que ascienden despacio, se detienen en el camino o, simplemente,
rechazan la escalera porque no les atrae subir por ella, o porque desconoce adónde
conduce y noven motivos para ascender por ella. Los profesores de la enseñanza
primaria están acostumbrados a la variedad y disparidad de situaciones
individuales respecto de la norma ideal; para los que trabajan en la enseñanza
secundaria obligatoria esta “diversidad de niveles” suele chocar con la cultura
profesional acrisolada en bachillerato, más seleccionadora y propicia a
jerarquizar.
La
expansión de la enseñanza secundaria ocurre como una exigencia social, pero se
realiza bajo la orientación curricular y pedagógica que la convierte en la
puerta de entrada a la enseñanza universitaria.
La
idea de que cualquier adolescente puede ser beneficiario de la enseñanza
secundaria, continuando su formación general, no está asumida completamente en
nuestro contexto —más allá de las regulaciones legales—, a pesar de haberse
planteado ya en las propuestas de la Institución Libre de Enseñanza. Esta
resistencia se explica por haber sido un estilo educativo sin relación con la
preparación general, previa a la formación utilitaria, es decir, que ha
preservado su impronta académica de origen: ejercer la reflexión, el juicio, la
razón, etcétera. (DURKHEIM, 1982, pág. 392). Es también la resistencia a morir
del elitismo social (BAUDELOT y ESTABLET, 1990).
Graduar la escolaridad obligatoria
facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo para los estudiantes que
son desiguales
La
diferencia y la desigualdad son realidades con las que la escuela obligatoria debe
contar, pero son también algo creado por sus prácticas de organización.
La
institución escolar tuvo que adoptar fórmulas de tratamiento diferenciado de
los alumnos. La racionalidad eficiente para este modelo organizativo se basa en
la división de procesos complejos de transformación en acciones parciales
encadenadas gradualmente, especializando los tratamientos a cargo de expertos
adiestrados en cada una de las tareas, asignaturas, cursos, etc.
La
psicología científica fundamentó la importancia de considerar lo que ocurre en
el interior del que aprende, ofreciéndonos a través de su mirada una visión
cada vez más minuciosa de la diversidad psicológica entre individuos y sobre la
evolución diacrónica de cada uno de ellos.
El
alumno será comprendido en función de unas coordenadas conceptuales que lo
diferencian (y también lo clasifican) en etapas, cursos académicos, edades
mentales y de instrucción, en adelantados y retrasados (respecto del curso
típico del desarrollo o de los ritmos de progreso previstos), en normales y
anormales o en poseedores de capacidades específicas que los convierten en
seres clasificados, más que apreciados por sus originalidades irreductibles a
tipologías de alguna clase.
Al
alumno hay que tratarlo de acuerdo con la diversidad de estadios por los que
pasa en el curso de su desarrollo hacia la
madurez, porque en cada uno de ellos tiene posibilidades distintas.
El aparato
conceptual matemático de la psicometría, con la utilización de la curva normal
a la cabeza, fue de importancia capital para definir normas estadísticas en las
poblaciones y desviaciones individuales de las mismas en numerosas cualidades
de la psique.
El
medir o, simplemente, el diagnosticar o el evaluar —base de toda idea de
pedagogía diferencial científica— es difícil que queden en puras prácticas de
conocimiento de los estudiantes, sin ser utilizadas para otros cometidos.
La
variabilidad (diversidad) evolutiva y la diferenciación cuantitativa y
cualitativa de las aptitudes entre los sujetos son los ejes centrales sobre los
que se ha construido el edificio teórico-práctico del aparato escolar moderno
que hoy conocemos, con sus modos de organización interna, sus maneras de ordenar
el currículum y los métodos pedagógicos.
La
diversidad natural de la que hemos hablado, la singularidad de cada individuo,
se entenderá y se reaccionará ante ellas desde el punto de vista de su
clasificación en categorías.
La
escuela graduada (la que clasifica a los estudiantes a lo largo de toda la
escolaridad) es hoy modelo universal de organización que, sin reflejar en su
dinámica un pensamiento científico concreto, es la fórmula que de manera
general plasma la secuencia del desarrollo ordenado y normalizado de la
educación.
Los
profesores parecen haber perdido la capacidad profesional de trabajar con la
diversidad, si ésta no es reducida por algún tipo de clasificación de
estudiantes.
La
diversidad, en este caso, no es meta de la educación, sino realidad que hay que
gobernar con procedimientos que hagan viable una forma de entender la
organización del trabajo escolar en una institución colectiva.
El
modelo de graduación más extendido está basado en el período año de vida-año de
escuela, que se corresponde con la asignación de partes del currículum.
Graduación
del tiempo de la escolarización (para clasificar a los sujetos), desarrollo del
currículum (también graduado y especializado) y progreso del sujeto a través de
las adquisiciones que realiza (progreso de la aprendizaje), son tres procesos
diacrónicos, a los que se considera como si discurrieran acompasados, aunque
corresponden a diferentes realidades que se confunden en nuestras mentes y en
la práctica.
La
graduación, con la inevitable adjudicación de competencias y conocimientos que deben
ser adquiridos en cada grado, dio lugar a otro tipo de diversidad: la desviación
individual respecto de la norma por la desigual respuesta y acomodo de los
alumnos a la secuencia de grados.
El
aparato escolar y la mentalidad pedagógica profesional fruto de la
socialización que genera, crea, así, el etiquetado de sujetos diversos que, en
la enseñanza concebida como derecho universal, se traducen, paradójicamente, en
el señalamiento de desigualdades.
La filosofía
que ensalza la oportunidad de que todos progresen, o la que entiende sobre el
valor del individuo, su libertad y su autonomía se ven anuladas o muy
limitadas.
La
diversidad de prácticas pedagógicas que acumula la experiencia histórica de los
docentes se pierde ante toda esa homogeneidad pretendida.
Flexibilizar
la graduación y cualquier otro tipo de clasificación en un sistema hecho desde
la pretensión contraria no será fácil. Pero es condición para acomodarse a una
diversidad que no puede ser del todo anulada clasificando a los estudiantes en
categorías.
Cualquier
pretensión de homogeneidad apoyada en la clasificación de sujetos singulares
por tantos motivos es un imposible, además de rechazable cuando supone
jerarquización de la que se derive algún estigma para los peor clasificados.
La
idea de ciclo combate la taylorización del currículum y del tiempo escolar,
frena los efectos perniciosos de la tendencia a la especialización de los
profesores, da acogida a ritmos diferentes de aprendizaje y resta oportunidades
para que proliferen los controles selectivos a partir de los que se establecen
jerarquías.
.Si
el nivel escolar en el que eso se produce tiene además una tradición selectiva
(caso del bachillerato, por ejemplo), la norma se utilizará con ese propósito:
el poder elegir quiénes “pasan” y quiénes no podrán hacerlo. Estos mecanismos
reguladores de la diversificación de estudiantes provocada por la organización
curricular y escolar son explícitos, pero operan sobre todo porque han pasado a
formar parte de la mentalidad de los docentesi6 que los han vivido durante
mucho tiempo.
Formas de abordar la complejidad provocada
por la diversidad
Los
profesores no pueden quedarse en el papel de simples vigilantes de todos esos
procesos de clasificación y de normalización regulados para ser jueces de
los“buenos”y de los “malos” estudiantes.
Una
enseñanza estrictamente individualizada, tal como la pensaba DOTTRENS (1949), a
través de fichas, o las guías y planes de trabajo elaborados para alumnos
determinados, sólo son tácticas y recursos viables para situaciones puntuales y
para estudiantes con necesidades muy específicas (bien se deba su
excepcionalidad a déficit de aprendizaje o al hecho de tener capacidades
superiores a las de los demás, que también deben ser tenidas en cuenta por una
pedagogía para la diversidad).
Enseñanza
autoadministrada según el ritmo de aprendizaje de cada cual (contenidos
proporcionados a través de ordenador, por ejemplo) es un recurso útil pero no
una solución general al problema. Creemos que es más práctico, aunque se trate
de ideas y de principios generales, caminar por la vía siguiente.
·
Debatir y lograr
consensos acerca de lo que debe ser común para todos, distinguiéndolo de lo
que, aun siendo valioso, no tiene que ser necesariamente parte del currículum
común.
·
A la diversidad de los
sujetos hay que responder con la diversificación de la pedagogía.
·
Centros y profesores
tienen que hacer viable el libre progreso de los más capaces de forma natural,
alimentando los intereses del estudiante, abriéndole caminos y proporcionándole
recursos.
·
Con un solo libro de
texto, idéntico para toda la clase, sin otros recursos a disposición de los
alumnos, es imposible diferenciar la pedagogía cuando sea conveniente hacerlo.
·
Más ambiciosa y
complicada de ejecutar es la idea de ir disponiendo de itinerarios formativos
distintos.
La escuela pública y
comprensiva como respuesta a las desigualdades y a las diferencias
La diversidad y las desigualdades entre estudiantes son
aspectos que se manifiestan en cada centro escolar y en cada aula. Son retos y
fuente de dificultades para la organización de las escuelas, para el desarrollo
del currículum y para los métodos pedagógicos.
Las desigualdades que subyacen a la distribución geográfica
de la población se traducen en desigualdades entre centros escolares ubicados
en diferentes zonas: rurales o urbanos, situados en suburbios o en áreas
residenciales, ubicados en zonas de diferente nivel de desarrollo, etc.
Una escuela pública en un suburbio de una gran ciudad acoge
a estudiantes muy distintos a los de otra que, aunque sea igualmente pública, esté
situada en otro contexto urbano más favorecido.
Otro tanto puede decirse de la integración de razas en una
misma escuela o de confesiones religiosas. La lucha por una escuela laica que
neutralice las diferencias de credo tiene todavía largo camino por recorrer.
Estamos ante un sistema educativo que, formalmente, parece
igualador, aunque sigue manteniendo importantes desigualdades en su seno. La
escuela pública es una apuesta histórica a favor de la igualdad, porque posibilita
el acceso a la educación a quienes no tienen recursos propios.
La fórmula de organización comúnmente adoptada para la
realización de esta filosofía es la llamada escuela comprensiva, que tiene como
característica esencial el mantenimiento de todos los estudiantes juntos, sin segregarlos
por especialidades ni por niveles de capacidad, a los que se les imparte un
currículum común, sea cual sea su condición social, de género, capacitación,
credo religioso, etc.
INTEGRANTES:
Kathya
chantal Daut Rodríguez
Luciana
Gisel Mendoza Vizcara
Alondra
Garcia Rosales
Ángel
David Fernandez Fernandez
María
Fernanda Gorosave Hernández
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EN EL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S
TEMA:
La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común.
CURSO:
Panorama de la educación en México
TITULAR DEL CURSO:
Alma Delfina Gonzalez Mendoza
DOCENTES:
KARINA VERDUZCO SANDOVAL
JULISSA GUILLEN DIAZ
CAROLINA TALAMANTES GARCIA
FRANCISCO MARTIN DREW
FRANCISCO GARCIA DAVIS
GRADO Y GRUPO:
1°B
capitulo 5 La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común.
C A P I T U L O V
La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común.
¿Qué ocurre cuando una institución como la escuela obligatoria se enfrenta con toda la diversidad social y de los individuos, siendo ella, por su historia, un modelo para asimilar la variedad sometiéndola a un patrón de pensamiento y de conducta? Pues, sencillamente, que tolera mal esa circunstancia. Una escuela común que satisfaga el ideal de una educación igual para todos (lo que presupone en buena medida un currículum común), en el paisaje social de las sociedades modernas, acogiendo a sujetos muy diversos, parece una contradicción o un imposible.
¿Cómo lograr la universalización efectiva de la misma, respetando el principio de la igualdad simple, dando acogida a la diversidad de estudiantes e, incluso, aspirando a hacer de éstos seres singulares? Nos enfrentamos a un reto tan difícil como atractivo.
Plantear el problema de la diversidad y de la diferencia en y ante la educación supone enfrentarse con retos y ámbitos de significado muy polivalentes: la lucha contra las desigualdades, el problema de la escuela única interclasista, la crisis de los valores y del conocimiento tenidos por universales, las respuestas ante la multiculturalidad y la integración de minorías, la educación frente al racismo o el sexismo, las proyecciones del nacionalismo en las escuelas, la convivencia entre las religiones y las lenguas, la lucha por la escuela para la autonomía de los individuos, los debates “científicos” sobre el desarrollo psicológico y sus proyecciones en el aprendizaje, la polémica sobre la educación comprensiva, las posibilidades de mantener en unas mismas aulas a estudiantes con diferentes capacidades y ritmos de aprendizaje, además de la revisión de las rigideces del actual sistema escolar y de sus prácticas.
Nos limitaremos a plantear algunas de especial relevancia para los profesores:
• La naturalidad de las diferencias.
• La diversidad se convierte en problema. El gusto por la norma o el nivel.
• Graduar la escuela obligatoria facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo para los estudiantes que son desiguales.
• Formas de abordar la complejidad provocada por la diversidad.
• La escuela pública y comprensiva como respuesta a las desigualdades y a las diferencias.
La naturalidad de las diferencias
La idea de buscar unos mismos fines en la educación, admitiendo que todos tenemos una misma naturaleza humana, tratando de hacer compatible aquel ideal y este supuesto con la diversidad humana, ha sido y es un tema central para el pensamiento educativo y un reto difícil para las instituciones escolares y para los profesores.
La variedad entre seres humanos es consustancial a su misma existencia y se produce en dos planos, en el intraindividual y en el interindividual.
En un segundo plano, la variedad se manifiesta también como multiplicidad entre individuos. Al estar constituido el sujeto por elaboraciones a partir de los contactos con los demás, al ser los intercambios con éstos tan variados, dan lugar a vidas interiores muy diversas. Es un hecho empírico comprobable desde el sentido común, antes de que fuera argumentado científicamente desde el punto de vista biológico, psicológico, social y cultural.
El ser humano, seguramente, tomó muy pronto conciencia de la variabilidad de la acción y de la naturaleza humana, al tiempo que apreciaba esa misma condición en otros seres, y sintió la necesidad de simplificar esa dispersión “imponiendo” por su parte regularidades, categorías o tipologías para entender la variedad del ser humano. De esa forma se le haría más fácil comprender la complejidad de lo diverso y anticipar el comportamiento de los demás, facilitándosele el trato con ellos y acomodando sus respuestas hacia los otros: “si sé de qué categoría eres, me comporto contigo y espero de ti que actúes en la dirección que creo está asociada a esa categoría” .Así, de los inteligentes esperamos que resuelvan problemas con facilidad y de los torpes esperamos torpeza.
En la escuela, como en la vida exterior a ella, existe la heterogeneidad. La diferencia es lo normal. Si variedad intraindividual e interindividual son normales y son manifestaciones de la riqueza de los seres humanos, deberíamos estar acostumbrados a vivir con ella y a desenvolvernos en esa realidad. Así lo hacemos en la vida social, en la familia, y en cualquier ámbito de la vida, expresando nuestra particular idiosincrasia y aceptando la de los demás. ¿Por qué no íbamos a poder hacerlo en la escuela? La educación en las instituciones escolares, como la vida en cualquier otro ámbito, se enfrenta (mejor: debería enfrentarse) de manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo.
Las razones por las que una manifestación —la variedad y variabilidad— de la vida y de las personas pasa a ser un problema residen, pues: primero, en que la variedad pugna con la tendencia del pensamiento a clasificar la dispersión que nos ofrece el mundo para entenderlo mejor; segundo, en la mentalidad y los usos de las instituciones escolares que reclaman de las individualidades el sometimiento a unas normas, a un currículum y a un orden. No es realista pensar que una institución como la escolar sea capaz de asumir radicalmente la diversidad en su totalidad; por razones económicas de recursos, de tiempo y de trabajo de los profesores no puede ser posible una escuela para las individualidades y para todas ellas al mismo tiempo. Eso exige modelos de educación tutorial para todos imposibles de practicar en las condiciones de la escolarización masiva. ¿Cómo articular la necesidad inevitable con la posibilidad de respetar y fomentar la diversidad posible?
Si la educación tiene que ver con la capacitación para el ejercicio de la libertad y de la autonomía, la escuela tiene que respetar la singularidad individual y fomentarla sin discriminaciones para todos. La educación debe preocuparse por estimular diferenciaciones que no supongan desigualdades entre los estudiantes; tiene que hacer compatible el currículum común y la escuela igual para todos con la posibilidad de adquirir identidades singulares, lo que significa primar la libertad de los sujetos en el aprendizaje. La educación tiene ideales y desempeña funciones muchas veces de carácter contradictorio, por pretender provocar la diferenciación individualizadora a la vez que la socialización homogeneizadora, que significa compartir rasgos de pensamiento, de comportamiento y de sentimiento con otros.
Es preciso plantear en otra dimensión la diversidad entre y en los sujetos escolarizados. Además de significar la riqueza de la singularidad, de la “biodiversidad” humana y cultural, hace también alusión a la desigualdad, en tanto existen singularidades de sujetos o de grupos que les permiten alcanzar objetivos educativos en desigual medida. La diferencia no sólo es una manifestación del ser irrepetible que es cada uno, sino que, en muchos casos, lo es de poder llegar a ser, de tener más o menos posibilidades de ser y de participar de los bienes sociales, económicos y culturales. Lo diverso, en condiciones de igualdad, es tolerable y, en ocasiones, deseable; la desigualdad ha de ser corregida si admitimos la universalidad del derecho a la educación. Consideramos que no son tolerables las diferencias que supongan desigualdades entre individuos o entre grupos de humanos. Sólo las diferencias y las prácticas que las protegen que no desigualen o toleren la desigualdad pueden admitirse en la escolaridad obligatoria (GIMENO, 1995).La diversidad algunas veces habrá que desconsiderarla, en otras habrá que corregirla y en muchos casos debería estimular.
La diversidad se convierte en problema. El gusto por la norma o el nivel
En la escuela es difícil ser singular en algo o por algo sin recibir presiones para dejar de serlo, bajo la “amenaza” de ser clasificado como atípico, rebelde, retrasado…. y, con menos probabilidad, como genio. ¿No será esa dificultad una de las causas de su vulgaridad y del rechazo que produce en muchos estudiantes? En la escuela no se admiten grados muy distintos de logro en los objetivos comunes, existen mecanismos que estimulan la graduación de resultados individuales que premian y castigan la separación de la norma.
El funcionamiento dominante de la escuela, de su currículum, de los métodos pedagógicos, está configurado, generalmente, más para organizar la desigualdad entre los escolares que para corregirla o para convivir con la diversidad de capacidades, niveles en las mismas, ritmos de trabajo distintos, motivaciones variadas de los sujetos, etc. El mecanismo de normalización que define el éxito (para los que quedan incluidos en la norma) y la exclusión (para los que quedan fuera de la norma) se vio reforzado en el momento en que la escolaridad se hizo realmente obligatoria para todos. Cuando la escolarización universal no es real, la exclusión de los que no superan la norma no es necesaria, ya que los candidatos a ser excluidos ni siquiera acuden a las escuelas.
Esta función normalizadora es más propia, pues, de la perversión selectiva y jerarquiza dora de la escuela que del espíritu integrador que debe orientar a la escolaridad obligatoria. Parece como si la universalidad de la educación para los sujetos diversos acabase a la entrada del recinto escolar, para, una vez dentro, ser jerarquizados, expidiendo un certificado con la des-igualdad a la salida, lo que da lugar a la exclusión de los escolarizados. Es tan grave este problema que se convierte no ya en una disfuncionalidad de las instituciones escolares (el alto fracaso que producen obstaculiza su propio proyecto y su dinámica), sino en un problema social que delata el fracaso de la escuela obligatoria para dar acogida en su seno a toda la diversidad de la población escolar. No es el fracaso de la educación, sino el de la forma de proveerla a una población muy heterogénea desde el punto de vista psicológico, social y de procedencia cultural. Es una ironía cruel que después de pasar numerosas horas al día, durante una decena de años, se pueda decir al sujeto que allí permanece que queda excluido y que es un fracasado. Eso, como decía con ironía el personaje de Mafalda, no se le puede hacer a un cliente.
Es un hecho la existencia de una ruptura importante en la continuidad de estilos entre la enseñanza primaria y el nivel secundario, visible en muchos aspectos (GIMENO, 1996). No se acepta la posibilidad de que todos puedan beneficiarse de la cultura que constituía el bachillerato. Si para realizar esta posibilidad se propone que se alteren los contenidos del currículum, entonces los defensores de una tradición digna (pero no para todos) denunciarán el descenso de la calidad de la enseñanza. Para hacer compatible la prolongación de la obligatoriedad, cuya conveniencia es difícil de negar, con la defensa del orden conocido y valorado en lo cultural-pedagógico, la solución a la que se recurre en algunos sistemas, y reclamada por muchos profesores, es la segregación de vías paralelas con contenidos diversificados para un mismo tramo de edad, de suerte que la mayor homogeneidad de cada vía satisfaga las pretensiones de la normalización y de la jerarquización académica y social. ¿Es inevitable esa segregación?
Graduar la escolaridad obligatoria facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo para los estudiantes que son desiguales
La diferencia y la desigualdad son realidades con las que la escuela obligatoria debe contar, pero son también algo creado por sus prácticas de organización. La atención radicalmente individualizada es imposible y habrá de ser dosificada según las diferentes necesidades de alumnos o grupos especialmente necesitados. La escuela universal posible implica tratar a alumnos agrupados.
La idea de graduar no era nueva en la educación, aunque será la moderna organización escolar la que la plasmará en un modelo completo, como especialización graduada del currículum, parcelación del mismo en especialidades, reparto secuencial de éste a lo larg La variabilidad (diversidad) evolutiva y la diferenciación cuantitativa y cualitativa de las aptitudes entre los sujetos son los ejes centrales sobre los que se ha construido el edificio teórico-práctico del aparato escolar moderno que hoy conocemos, con sus modos de organización interna, sus maneras de ordenar el currículum y los métodos pedagógicos. La mentalidad pedagógica de los profesores está anclada en estos dos ejes de manera fundamental. Muchos se conciben a sí mismos como “especialistas” de un área o asignatura del currículum, cuya docencia debe ir dirigida a grupos de alumnos lo más homogeneizados que sea posible (bien se agrupen según la edad, la capacidad o el nivel de rendimiento). La diversidad natural de la que hemos hablado, la singularidad de cada individuo, se entenderán y se reaccionará ante ellas desde el punto de vista de su clasificación en categorías .La singularidad será tolerada sólo en la medida en que no sobrepase los límites de variación que no distorsionan el trabajo “normalizado” con cada categoría clasificada. O de la escolaridad y clasificación de los estudiantes en “fases” para su educación.
No hay que apelar a las experiencias de la escuela sin grados o de progreso continuado, en la que los estudiantes pasan de unas clases o niveles a otros según el ritmo individual del progreso personal, para comprender las dificultades de implantación de estos modelos desreguladores del orden instituido. Baste recordar la casi total inoperancia a efectos pedagógicos de la idea de ciclo en educación primaria en España (que es una simplificación de la graduación) a lo largo de los últimos casi treinta años, más allá de la distribución del currículum prescrito por la Administración. La idea de ciclo combate la taylorización del currículum y del tiempo escolar, frena los efectos perniciosos de la tendencia a la especialización de los profesores, da acogida a ritmos diferentes de aprendizaje y resta oportunidades para que proliferen los controles selectivos a partir de los que se establecen jerarquías.
Formas de abordar la complejidad provocada por la diversidad
Diversificar en la escuela obligatoria, que tiene la meta esencial de la igualdad, supone, en primer lugar, introducir fórmulas de compensación en cada aula, en cada centro o fuera de éstos. En los casos extremos, un currículum estrictamente común para todos y en todos sus componentes puede ser una propuesta inviable. En los casos límite será preciso establecer opciones o currícula para las necesidades particulares de estudiantes con retrasos muy destacables. Defender un currículum común no significa inexorablemente provocar una pedagogía que homogeneíce. Si tal efecto tiene lugar, también puede darse partiendo de un currículum diferenciado. La dimensión bipolar del curriculum común o el diferenciado, por un lado, y la dimensión pedagógica con los polos de la homogeneidad y de la divergencia (en cuanto al desarrollo del currículum y su aprendizaje), por otro, se pueden cruzar, dando lugar a situaciones prácticas distintas. Una enseñanza estrictamente individualizada, tal como la pensaba DOTTRENS (1949), a través de fichas, o las guías y planes de trabajo elaborados para alumnos determinados, sólo son tácticas y recursos viables para situaciones puntuales y para estudiantes con necesidades muy específicas (bien se deba su excepcionalidad a déficit de aprendizaje o al hecho de tener capacidades superiores a las de los demás, que también deben ser tenidas en cuenta por una pedagogía para la diversidad). . El espíritu que sostiene a la educación obligatoria requiere que, desde la organización escolar, desde los métodos educativos, desde las prácticas de diagnóstico, etiquetado y de evaluación, desde las actitudes del profesorado, no se obstruyan las estrategias de inclusión de una escuela para todos que realmente sea promotora de todos (AINSCOW, 1999).
La escuela pública y comprensiva como respuesta a las desigualdades y a las diferencias
Las desigualdades que subyacen a la distribución geográfica de la población se traducen en desigualdades entre centros escolares ubicados en diferentes zonas: rurales o urbanos, situados en suburbios o en áreas residenciales, ubicados en zonas de diferente nivel de desarrollo, etc. Una escuela pública en un suburbio de una gran ciudad acoge a estudiantes muy distintos a los de otra que, aunque sea igualmente pública, esté situada en otro contexto urbano más favorecido. Estas desigualdades sociales dan lugar a otras simétricas en las escuelas. Se producen otros muchos casos de desigualdad a través de la “especialización” de escuelas en tipos de estudiantes provocados por causas económicas e ideológicas. Las segregaciones en razón de la raza, la etnia o la religión han sido y son frecuentes. Un ejemplo muy acertado para poner en evidencia las resistencias ideológicas a cambiar esas segregaciones lo ofrece la historia de la coeducación. La diferenciación de tipos de estudiantes entre los centros públicos y privados constituye uno de los casos más universales y frecuentes de segregación de clientelas y de desigualdad real ante la educación. En tanto que la población que frecuenta los centros privados pertenece a una clase social más alta que la que asiste a los centros públicos, estamos ante un sistema educativo que, formalmente, parece igualador, aunque sigue manteniendo importantes desigualdades en su seno. Quiere decirse que es precisa una escuela única, igual para todos, en la que no se permitan desiguales condiciones que repercutan en grados de calidad diferentes. Esta unicidad no es causa de la uniformidad temida por los partidarios de evitar el predominio de una escuela intervenida por el Estado (pues puede quedar en buena medida en manos de la comunidad). El principio de comprensivita favorece la “mezcla” social, razón en la que reside una de sus principales virtudes, que es también motivo para el rechazo de otros sectores sociales contrarios a ese modelo. Dicho principio se respeta siempre para la enseñanza primaria en los sistemas educativos. La educación comprensiva evita que los estudiantes de una misma edad se dividan en tipos de centros con currícula y destinos sociales diferentes (bachillerato y formación profesional, por ejemplo), retrasando la elección sobre el tipo de enseñanza que se va a cursar.
La escuela pública es una apuesta histórica a favor de la igualdad, porque posibilita el acceso a la educación a quienes no tienen recursos propios, y lo es, además, porque en ella debe tener cabida toda la diversidad de estudiantes.
Secretaria de Educación Pública
Centro Regional de Educación Normal
“Marcelo Rubio Ruiz"
LA EDUCACIÓN OBLIGATORIA: UNA ESCOLARIDAD IGUAL PARA SUJETOS DIFERENTES EN UNA ESCUELA COMÚN
MATERIA:
· PANORAMA ACTUAL DE LA EDUCACIÓN BÁSICA EN MÉXICO
MAESTRA:
· ALMA DELFINA GONZÁLEZ MENDOZA
oCRYSTAL NATALY ESTRADA SAMANIEGO.
o OMAR ALEXIS OSUNA PERALTA.
oXIOMARA GUADALUPE CAMACHO SALINAS.
oBELINDA ERNESTINA HIGUERA FLORES.
o CHRISTIAN SANATANA BRISEÑO.
Loreto, Baja California Sur
Capítulo V "La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común"
La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común.
Una escuela común que satisfaga el ideal de una educación igual para todos (lo que presupone en buena medida un currículum común), en el paisaje social de las sociedades modernas, acogiendo a sujetos muy diversos, parece una contradicción o un imposible.
No obstante, el derecho básico de esos sujetos a la educación, en condiciones de lo que WALZER (1993) denomina igualdad simple (una enseñanza con contenidos y fines comunes), obliga a aceptar el reto de hacer compatible en la escolaridad obligatoria un proyecto válido para todos con la realidad de la diversidad.
La escuela, durante la etapa de la escolaridad obligatoria, debe ser integradora de todos o, en caso contrario, traicionará el derecho universal a la educación.
La naturalidad de las diferencias
La idea de buscar unos mismos fines en la educación, admitiendo que todos tenemos una misma naturaleza humana, tratando de hacer compatible aquel ideal y este supuesto con la diversidad humana, ha sido y es un tema central para el pensamiento educativo y un reto difícil para las instituciones escolares y para los profesores.
De cómo se entienda la universalidad y de hasta dónde se quieran llevar sus implicaciones, o en qué aspecto se respete la diversidad, dependen las respuestas que se pueden dar al problema que nos ocupa. La variedad entre seres humanos es consustancial a su misma existencia y se produce en dos planos, en el intraindividual y en el interindividual.
En el plano individual se hace evidente en forma de inconstancia en el modo de ser y de comportarse a lo largo de su vida, así como en las manifestaciones que tienen sus disponibilidades personales (TODOROV, 1999, pág. 202).
En un segundo plano, la variedad se manifiesta también como multiplicidad entre individuos. Diferimos, pues, de nosotros mismos y de los demás. Una y otra variación constituyen la riqueza de la especie humana. Cada uno constituimos una radical singularidad. Ésta es una condición provocada por la interacción de las peculiaridades personales, la singularidad del contexto en el que cada uno vive y el uso que hacemos de nuestras posibilidades y las reacciones personales ante el ambiente que nos viene dado.
El ser humano, seguramente, tomó muy pronto conciencia de la variabilidad de la acción y de la naturaleza humana, al tiempo que apreciaba esa misma condición en otros seres, y sintió la necesidad de simplificar esa dispersión “imponiendo” por su parte regularidades, categorías o tipologías para entender la variedad del ser humano.
Así, de los inteligentes esperamos que resuelvan problemas con facilidad y de los torpes esperamos torpeza. Esta operación de simplificación que realiza el pensamiento común, la hace también el pensamiento científico al clasificar fenómenos y especies de seres vivos según categorías.
En la escuela, como en la vida exterior a ella, existe la heterogeneidad. La diferencia es lo normal. Si variedad intraindividual e interindividual son normales y son manifestaciones de la riqueza de los seres humanos, deberíamos estar acostumbrados a vivir con ella y a desenvolvernos en esa realidad.
La educación en las instituciones escolares, como la vida en cualquier otro ámbito, se enfrenta (mejor: debería enfrentarse) de manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo.
La educación en las instituciones escolares, como la vida en cualquier otro ámbito, se enfrenta (mejor: debería enfrentarse) de manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo. Ante tal hecho caben dos actitudes básicas: tolerarlo, organizándolo, o tratar de someterlo a un patrón que anule la variedad.
En la vida social, gobernada por procedimientos democráticos, la diversidad social, de opiniones, en cuanto a modelos de vida, etc., se aborda con la práctica de la tolerancia, la aceptación de normas compartidas que obligan a algunas renuncias en los individuos y respetando espacios para la expresión y cultivo de las individualidades singulares.
Porque la singularidad no sólo es una realidad dada de los individuos, sino que se la resalta además como un valor importante en las sociedades democráticas liberales y tolerantes que reconocen los derechos que protegen y proporcionan espacios a la individualidad.
La naturaleza humana no es una máquina que se construye según un modelo y dispuesta a hacer exactamente el trabajo que le sea prescrito, sino un árbol que necesita crecer y desarrollarse por todos los lados, según las tendencias de sus fuerzas interiores, que hacen de él una cosa viva (pág. 130)
La educación debe preocuparse por estimular diferenciaciones que no supongan desigualdades entre los estudiantes.
Tiene que hacer compatible el currículum común y la escuela igual para todos con la posibilidad de adquirir identidades singulares, lo que significa primar la libertad de los sujetos en el aprendizaje.
La educación bajo la filosofía ilustrada, universalista, pretende que se compartan determinados rasgos, cualidades y frutos culturales. Es decir, se trata de crear comunidades en torno a hábitos, valores y significados compartidos que exigen el parecerse algo en las formas de pensar, compartir reglas, algunos valores y respetar algunas normas de conducta.
Además de significar la riqueza de la singularidad, de la “biodiversidad” humana y cultural, hace también alusión a la desigualdad, en tanto existen singularidades de sujetos o de grupos que les permiten alcanzar objetivos educativos en desigual medida.
Consideramos que no son tolerables las diferencias que supongan desigualdades entre individuos o entre grupos de humanos. La diversidad algunas veces habrá que desconsiderarla, en otras habrá que corregirla y en muchos casos debería estimularse.
La diversidad se convierte en problema. El gusto por la norma o el nivel
En la escuela no se admiten grados muy distintos de logro en los objetivos comunes, existen mecanismos que estimulan la graduación de resultados individuales que premian y castigan la separación de la norma.
El funcionamiento dominante de la escuela, de su currículum, de los métodos pedagógicos, está configurado, generalmente, más para organizar la desigualdad entre los escolares que para corregirla o para convivir con la diversidad de capacidades, niveles en las mismas, ritmos de trabajo distintos, motivaciones variadas de los sujetos, etc.
Cuando la escolarización universal no es real, la exclusión de los que no superan la norma no es necesaria, ya que los candidatos a ser excluidos ni siquiera acuden a las escuelas. Pero cuando la obligatoriedad se hace efectiva, aparece la idea de fracaso escolar como lacra interna, aparentando ser una especie de atipicidad que se convierte en una forma de exclusión que afecta, ahora, a los que permanecen dentro de las escuelas. Así se legitima como institución que ofrece oportunidades a todos, aunque no dé a todos lo mismo.
La idea de fracaso escolar tiene muy corta historia, poco más de medio siglo (ISAMBERT-JAMATI, 1992);la misma que la de la escolarización universal real, ya que el “bajo rendimiento escolar” es inherente a ella (OCDE, 1998).
Parece como si la universalidad de la educación para los sujetos diversos acabase a la entrada del recinto escolar, para, una vez dentro, ser jerarquizados, expidiendo un certificado con la des-igualdad a la salida, lo que da lugar a la exclusión de los escolarizados.
La diferencia negativa respecto de la norma es un obstáculo que perturba el “normal” funcionamiento de la escuela, la dinámica de desarrollo del currículum y es también una dificultad que sienten muchos profesores.
El currículum está regulado, por lo general, en términos que permiten flexibilidad en su interpretación, a la hora de confeccionar textos y materiales para los estudiantes, o cuando los profesores elaboran sus planes docentes y los desarrollan en las aulas. Pero esa flexibilidad queda prácticamente anulada en el último paso de su desarrollo: cuando los aprendizajes secuenciados son idénticos para los estudiantes
El contenido homogeneizado y propuesto como norma cerrada idéntica para todos limita las posibilidades a la singularidad personal.
La escuela y su currículum, que deben ser oportunidades para todos, pasan con demasiada facilidad a ser estructuras de dificultades graduadas que todos han de superar a un mismo ritmo y con las mismas ayudas, de suerte que en cada uno de los escalones establecidos en la graduación medimos a los sujetos para ver si son aptos o no.
De ser oportunidad de aprendizaje en la escolaridad obligatoria, los contenidos culturales se convierten en escalera jerarquizadora y excluyente de los que ascienden despacio, se detienen en el camino o, simplemente, rechazan la escalera porque no les atrae subir por ella, o porque desconocen a dónde conduce y no ven motivos para ascender por ella.
Al prolongarse la escolaridad obligatoria, más allá de la etapa de educación primaria, todos esos mecanismos para jerarquizar provocan mucha más conflictividad.
La expansión de la enseñanza secundaria ocurre como una exigencia social, pero se realiza bajo la orientación curricular y pedagógica que la convierte en la puerta de entrada a la enseñanza universitaria (DURKHEIM, 1982; VIÑAO, 1982).
La idea de que cualquier adolescente puede ser beneficiario de la enseñanza secundaria, continuando su formación general, no está asumida completamente en nuestro contexto —más allá de las regulaciones legales—, a pesar de haberse planteado ya en las propuestas de la Institución Libre de Enseñanza.
Es un hecho la existencia de una ruptura importante en la continuidad de estilos entre la enseñanza primaria y el nivel secundario, visible en muchos aspectos (GIMENO, 1996).
El espíritu de la enseñanza obligatoria no reside en decir a cada alumno lo que vale respecto de exigencias normativas que, en tanto son elaboraciones culturales, son siempre arbitrarias, sino que debería enriquecerlo desde el nivel en el que esté y del que parte.
La educación secundaria que se convierte en obligatoria pasa a ser una educación general y, como tal, debe entenderse: válida para todos.
Graduar la escolaridad obligatoria facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo para los estudiantes que son desiguales.
La diferencia y la desigualdad son realidades con las que la escuela obligatoria debe contar, pero son también algo creado por sus prácticas de organización.
Las primeras escuelas eran grandes salones en los que se acogía a más de medio centenar de estudiantes. A medida que la afluencia de éstos aumentó y el rango de edades de los mismos se amplió, como consecuencia de la prolongación de la etapa de escolaridad obligatoria, la institución escolar tuvo que adoptar fórmulas de tratamiento diferenciado de los alumnos.
Las nuevas formas institucionalizadas de abordar este reto tuvieron dos apoyos fundamentales:
A) El desarrollo de la psicología evolutiva y diferencial
B) La instauración de la racionalidad taylorista en las organizaciones industriales modernas que irradiaron sus esquemas a otros ámbitos, como el escolar.
Para este modelo organizativo se basa en la división de procesos complejos de transformación en acciones parciales encadenadas gradualmente, especializando los tratamientos a cargo de expertos adiestrados en cada una de las tareas, asignaturas, cursos, etc.
La psicología científica fundamentó la importancia de considerar lo que ocurre en el interior del que aprende, ofreciéndonos a través de su mirada una visión cada vez más minuciosa de la diversidad psicológica entre individuos y sobre la evolución diacrónica de cada uno de ellos.
Resultado de la confluencia entre la perspectiva de la racionalidad taylorista de la escolarización y del currículum con la visión psicológica del niño es el concepto de educando diversificado, en función de la etapa escolar por la que pasa, por su edad y según las posibilidades que es capaz de desarrollar, de acuerdo con las capacidades singulares que posee en cada momento.
La escuela a la medida del niño se entendió, en primer lugar, como una institución apropiada para el educando, como alguien que es diferente de los adultos, pues es un ser que evoluciona. Al alumno hay que tratarlo de acuerdo con la diversidad de estadios por los que pasa en el curso de su desarrollo hacia la madurez, porque en cada uno de ellos tiene posibilidades distintas.
La escuela a la medida del niño llegó a significar también, en segundo lugar, la toma en consideración de los demostrables desiguales niveles de inteligencia general, así como de la variedad de las aptitudes específicas de cada uno.
Las aptitudes, para CLAPARÈDE (1920?, página 7), eran disposiciones naturales a conducirse de cierta manera, a comprender o sentir con preferencia unas cosas u otras, a emprender unos trabajos u otros. Cada uno tiene su naturaleza y debería ser tratado conforme a ella.
TITONE (1966, pág.208), en uno de los tratados didácticos digno de resaltar en el pensamiento didáctico sistematizado, afirmaba que la psicología diferencial reclama una pedagogía y una didáctica diferenciadas.
El medir o, simplemente, el diagnosticar o el evaluar —base de toda idea de pedagogía diferencial científica— es difícil que queden en puras prácticas de conocimiento de los estudiantes, sin ser utilizadas para otros cometidos.
La mentalidad pedagógica de los profesores está anclada en estos dos ejes de manera fundamental. Muchos se conciben a sí mismos como “especialistas” de un área o asignatura del currículum, cuya docencia debe ir dirigida a grupos de alumnos lo más homogeneizados que sea posible.
La diversidad natural de la que hemos hablado, la singularidad de cada individuo, se entenderá y se reaccionará ante ellas desde el punto de vista de su clasificación en categorías. Toda clasificación tiene dos efectos sobre la percepción y manejo en las escuelas de la heterogeneidad de estudiantes.
Por un lado, al distribuir en categorías o niveles a los individuos, una parte de la diversidad o variabilidad natural es absorbida o normalizada por los mecanismos de poner a cada uno en la categoría que le corresponde.
Por otro lado, al no agotar las categorías de clasificación la variedad natural, otra parte de la variabilidad permanecerá en forma de ruido molesto a todo el engranaje escolar y a las prácticas de los profesores, es decir, que seguirá subsistiendo la diferencia irreductible.
La escuela graduada (la que clasifica a los estudiantes a lo largo de toda la escolaridad) es hoy modelo universal de organización que, sin reflejar en su dinámica un pensamiento científico concreto, es la fórmula que de manera general plasma la secuencia del desarrollo ordenado y normalizado de la educación.
Los profesores parecen haber perdido la capacidad profesional de trabajar con la diversidad, si ésta no es reducida por algún tipo de clasificación de estudiantes. La graduación es una de las primeras respuestas para “ordenar” la complejidad que provoca la variedad evolutiva.
La diversidad, en este caso, no es meta de la educación, sino realidad que hay que gobernar con procedimientos que hagan viable una forma de entender la organización del trabajo escolar en una institución colectiva.
La esencia de la graduación, afirmaba Rufino BLANCO a principios de este siglo (citado por VIÑAO, 1990, pág. 83), era la clasificación de los niños por el criterio de la edad, generalmente, habiéndose utilizado también otros criterios más refinados, como la edad mental, la edad de instrucción y ciertas capacidades o niveles en el rendimiento previo.
El modelo de graduación más extendido está basado en el período año de vida-año de escuela, que se corresponde con la asignación de partes del currículum. A este modelo de “graduación por edad”, convirtiendo el grado en unidad curricular, le impulsa un objetivo: la búsqueda de la homogeneidad de los estudiantes hasta el límite de lo gobernable para mejorar las condiciones de trabajo pedagógico.
Graduación del tiempo de la escolarización (para clasificar a los sujetos), desarrollo del currículum (también graduado y especializado) y progreso del sujeto a través de las adquisiciones que realiza (progreso del aprendizaje), son tres procesos diacrónicos, a los que se considera como si discurrieran acompasados, aunque corresponden a diferentes realidades que se confunden en nuestras mentes y en la práctica.
La graduación, con la inevitable adjudicación de competencias y conocimientos que deben ser adquiridos en cada grado, dio lugar a otro tipo de diversidad: la desviación individual.
El aparato escolar y la mentalidad pedagógica profesional fruto de la socialización que genera, crea, así, el etiquetado de sujetos diversos que, en la enseñanza concebida como derecho universal, se traducen, paradójicamente, en el señalamiento de desigualdades.
Conceptos como los de año académico, curso (compendio de asignaturas o áreas por año) y promoción de curso, junto a los de asignatura (o tópico concreto que toca desarrollar en un momento dado), programación lineal, horario troceado para tareas de corta duración, darán paso a otras categorías con fuertes implicaciones para los sujetos: adelanto, retraso, éxito y fracaso escolar, normalidad y anormalidad.
El fracaso, lo mismo que la “excelencia” académica, son, pues, puras derivaciones del funcionamiento de las escuelas (PERRENOUD, 1996).
La diversidad de prácticas pedagógicas que acumula la experiencia histórica de los docentes se pierde ante toda esa homogeneidad pretendida. Esa pérdida será una de las causas de la falta de variedad de “ambientes de aprendizaje” en los que podría verse acogida la diversidad de estudiantes.
Las reacciones a estas tendencias dominantes han sido de dos tipos:
1) incrementar aún más la regulación establecida, clasificando con más precisión y diagnosticando a los sujetos más exhaustivamente para ubicarlos donde “les corresponde”.
2) dando marcha atrás y haciendo más flexibles las clasificaciones en las pautas de la organización escolar.
Este segundo grupo de soluciones, además de enfrentarse con la mentalidad y los usos establecidos, requiere una organización escolar más compleja.
Cualquier pretensión de homogeneidad apoyada en la clasificación de sujetos singulares por tantos motivos es un imposible, además de rechazable cuando supone jerarquización de la que se derive algún estigma para los peor clasificados.
No hay que apelar a las experiencias de la escuela sin grados o de progreso continuado, en la que los estudiantes pasan de unas clases o niveles a otros según el ritmo individual del progreso personal, para comprender las dificultades de implantación de estos modelos desreguladores del orden instituido.
Formas de abordar la complejidad provocada por la diversidad
Los profesores no pueden quedarse en el papel de simples vigilantes de todos esos procesos de clasificación y de normalización regulados para ser jueces de los “buenos” y de los “malos” estudiantes.
La pedagogía que trata igual a los que son desiguales produce desigualdad y fracaso escolar, sigue teniendo validez para buscar estrategias pedagógicas que diversifiquen (PERRENOUD, 1995 y 1998), a condición de que la diferenciación no introduzca más desigualdad.
Diversificar en la escuela obligatoria, que tiene la meta esencial de la igualdad, supone, en primer lugar, introducir fórmulas de compensación en cada aula, en cada centro o fuera de éstos. Después, o a la vez, tiene sentido favorecer la singularidad individual, la visión del aprendizaje como una construcción en cada sujeto guiada por una evaluación continua de carácter formativo, siguiendo la idea de que en la flexibilidad se acomodan mejor los sujetos diferentes.
Defender un currículum común no significa inexorablemente provocar una pedagogía que homogeneíce. Si tal efecto tiene lugar, también puede darse partiendo de un currículum diferenciado.
La dimensión bipolar del curriculum común o el diferenciado, por un lado, y la dimensión pedagógica con los polos de la homogeneidad y de la divergencia, por otro, se pueden cruzar, dando lugar a situaciones prácticas distintas. Hay que indagar sobre las posibilidades de una práctica que diversifique, pero manteniendo la igualdad del currículum común.
Una enseñanza estrictamente individualizada, tal como la pensaba DOTTRENS (1949), a través de fichas, o las guías y planes de trabajo elaborados para alumnos determinados, sólo son tácticas y recursos viables para situaciones puntuales y para estudiantes con necesidades muy específicas.
La enseñanza autoadministrada según el ritmo de aprendizaje de cada cual (contenidos proporcionados a través de ordenador, por ejemplo) es un recurso útil pero no una solución general al problema. Creemos que es más práctico, aunque se trate de ideas y de principios generales, caminar por la vía siguiente.
1)Debatir y lograr consensos acerca de lo que debe ser común para todos, distinguiéndolo de lo que, aun siendo valioso, no tiene que ser necesariamente parte del currículum común.
En los contenidos y objetivos que hayan de ser comunes, las estrategias para diferenciar tienen que ir encaminadas a que todos logren el dominio de “lo básico” en un grado aceptable, para lo cual, necesariamente, habrá que emplear más tiempo y recursos en unos estudiantes que en otros.
2) A la diversidad de los sujetos hay que responder con la diversificación de la pedagogía. Las tareas académicas definen modos de trabajar y de aprender, permiten utilizar diversos medios, salir o no fuera de las aulas, crean ambientes de aprendizaje particulares y constituyen modelos de comportamiento ante los que las individualidades se adaptan mejor o peor (GIMENO, 1988).
Una enseñanza diversa o divergente es positiva para todos, como afirma PERRENOUD (1996, pág.29), cuando las actividades y las interacciones que se establecen hacen que a cada estudiante se le sitúe en condiciones didácticas fecundas para él.
3) Centros y profesores tienen que hacer viable el libre progreso de los más capaces de forma natural, alimentando los intereses del estudiante, abriéndole caminos y proporcionándole recursos.
Es preciso distribuir los recursos docentes, en general, y la dedicación de cada profesor, en particular, en función de las posibilidades o necesidades de cada estudiante, proveerse de instrumentos para el trabajo independiente y crear climas de cooperación entre estudiantes, entre otras medidas. Querer enseñar a todos a la vez, pretendiendo que todos aprendan lo mismo en un mismo tiempo es una aspiración que conduce a la exclusión de muchos.
4) Con un solo libro de texto, idéntico para toda la clase, sin otros recursos a disposición de los alumnos, es imposible diferenciar la pedagogía cuando sea conveniente hacerlo.
La diversificación tiene mucho que ver con la ayuda de materiales que, por su contenido, nivel de dificultad y capacidad de motivación, puedan ser trabajados por los estudiantes, las bibliotecas de aula, las estrategias de acumular documentación variada, debidamente catalogada, son, entre otros, recursos indispensables para una pedagogía diferenciada.
5) Más ambiciosa y complicada de ejecutar es la idea de ir disponiendo de itinerarios formativos distintos (PERRENOUD, 1998) que rompan con el marco organizativo dominante, entendiendo la individualización como una estrategia general para períodos largos de tiempo.
En suma, precisamos de una pedagogía de la complejidad, de forma que las tareas académicas puedan ser atractivas y retadoras para todos, sin que todos estén obligados a hacer lo mismo.
La escuela pública y comprensiva como respuesta a las desigualdades y a las diferencias.
La diversidad y las desigualdades entre estudiantes son aspectos que se manifiestan en cada centro escolar y en cada aula. A el desarrollo del currículum y para los métodos pedagógicos. El problema tiene una manifestación previa a su consideración en esos planos: la existencia de centros diferentes entre sí porque acogen a estudiantes desiguales y diversos.
Las desigualdades que subyacen a la distribución geográfica de la población se traducen en desigualdades entre centros escolares ubicados en diferentes zonas: rurales o urbanos, situados en suburbios o en áreas residenciales, ubicados en zonas de diferente nivel de desarrollo, etc.
.Una escuela pública en un suburbio de una gran ciudad acoge a estudiantes muy distintos a los de otra que, aunque sea igualmente pública, esté situada en otro contexto urbano más favorecido. Estas desigualdades sociales dan lugar a otras simétricas en las escuelas.
Poco podemos hacer desde la práctica educativa, aparte de tomar y de dar conciencia crítica de esas realidades y establecer políticas y prácticas educativas compensatorias que pueden paliar, pero no remediar, desigualdades externas a las escuelas.
Se producen otros muchos casos de desigualdad a través de la “especialización” de escuelas en tipos de estudiantes provocados por causas económicas e ideológicas.
Las segregaciones en razón de la raza, la etnia o la religión han sido y son frecuentes.
La lucha por una escuela laica que neutralice las diferencias de credo tiene todavía largo camino por recorrer.
La escuela pública es una apuesta histórica a favor de la igualdad, porque posibilita el acceso a la educación a quienes no tienen recursos propios, y lo es, además, porque en ella debe tener cabida toda la diversidad de estudiantes.
Es preciso hacer compatible la igualdad de todos ante la educación con el reconocimiento de la pluralidad de opciones y de modelos de escuela, considerados como necesarios para garantizar la expresión democrática de la libertad de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos (GIMENO, 1998a).
Los modelos institucionales de escuela y la libertad para crearlos y asistir a ellos no pueden menoscabar el derecho a la educación en condiciones de igualdad. Quiere decirse que es precisa una escuela única, igual para todos, en la que no se permitan desiguales condiciones que repercutan en grados de calidad diferentes.
La fórmula de organización comúnmente adoptada para la realización de esta filosofía es la llamada escuela comprensiva, que tiene como característica esencial el mantenimiento de todos los estudiantes juntos, sin segregarlos por especialidades ni por niveles de capacidad, a los que se les imparte un currículum común, sea cual sea su condición social, de género, capacitación, credo religioso, etc.
El principio de comprensividad favorece la “mezcla” social, razón en la que reside una de sus principales virtudes, que es también motivo para el rechazo de otros sectores sociales contrarios a ese modelo.
Dicho principio se respeta siempre para la enseñanza primaria en los sistemas educativos. Pero no es universal en la enseñanza secundaria, aunque ésta sea obligatoria.
La educación comprensiva evita que los estudiantes de una misma edad se dividan en tipos de centros con currícula y destinos sociales diferentes (bachillerato y formación profesional, por ejemplo), retrasando la elección sobre el tipo de enseñanza que se va a cursar.
CAPÍTULO V
La educación obligatoria: una escolaridad igual para sujetos
diferentes en una escuela común.
¿Qué ocurre cuando una institución como la
escuela obligatoria se enfrenta con toda la diversidad social y de los
individuos, siendo ella, por su historia, un modelo para asimilar la variedad sometiéndola
a un patrón de pensamiento y de conducta? Pues, sencillamente,
que tolera mal esa circunstancia. Una escuela común que satisfaga el ideal de
una educación igual para todos (lo que presupone en buena medida un currículum
común), en el paisaje social de las sociedades modernas, acogiendo a sujetos
muy diversos, parece una contradicción o un imposible. La escuela, durante la
etapa de la escolaridad obligatoria, debe ser integradora de todos o, en caso
contrario, traicionará el derecho universal a la educación.
Plantear el problema de la diversidad y de la diferencia en y ante la educación supone enfrentarse con retos y ámbitos de
significado muy polivalentes: la lucha contra las desigualdades, el problema de
la escuela única interclasista, la crisis de los valores y del conocimiento
tenidos por universales, las respuestas ante la multiculturalidad y la
integración de minorías, la educación frente al racismo o el sexismo, las
proyecciones del nacionalismo en las escuelas, la convivencia entre las
religiones y las lenguas, la lucha por la escuela para la autonomía de los
individuos, los debates “científicos” sobre el desarrollo psicológico y sus
proyecciones en el aprendizaje, la polémica sobre la educación comprensiva, las
posibilidades de mantener en unas mismas aulas a estudiantes con diferentes
capacidades y ritmos de aprendizaje, además de la revisión de las rigideces del
actual sistema escolar y de sus prácticas.
La naturalidad de las diferencias
La variedad entre seres humanos es consustancial a su misma
existencia y se produce en dos planos, en el intraindividual y en el
interindividual. En el plano individual se hace evidente en forma de inconstancia en el modo de ser y de
comportarse a lo largo de su vida, así como en las manifestaciones que tienen
sus disponibilidades personales (TODOROV, 1999, pág. 202). Que variamos y
mudamos de forma de ser y de comportarnos, que las capacidades y habilidades
que vamos logrando y perdiendo a lo largo de nuestra vida cambian, son
evidencias vividas por cada uno; inconstancia tan real como lo es una cierta
estabilidad del yo a lo largo de ese proceso.
En un segundo plano, la variedad se manifiesta también como
multiplicidad entre individuos. Al estar constituido el sujeto por
elaboraciones a partir de los contactos con los demás, al ser los intercambios
con éstos tan variados, dan lugar a vidas interiores muy diversas. Decía
MONTAIGNE (citado por TODOROV, 1999, pág. 203) que el hombre no es más que
remiendo y mezcolanza, elmundo no es sino variedad y desemejanza; la cualidad
más universal es su diversidad.
La diversidad de la experiencia, la de la cultura, la de
los seres humanos, la de sus cualidades, nos reclaman currícula, métodos,
ambientes de aprendizaje y procedimientos susceptibles de absorber las
diferencias, estimular ciertas diferenciaciones y romper, ante todo, el
monolitismo de algunas tradiciones escolares cercenadoras de la diversificación
enriquecedora. Estas razones son de gran trascendencia para el quehacer de los
profesores y de las instituciones. Ellos han de ser educadoresy no sólo enseñantes.
Y, en tanto que enseñantes, tendrán que serlo de muy variados contenidos,
rompiendo los marcos de sus estrechas especialidades, si es que las tienen.
La escolaridad obligatoria tiene funciones sociales que
cumplir, pero su mejor razón de ser para la sociedad es ser por sí misma
creadora de seres humanos; es decir: tener un propósito propio que defender
para hacer algo mejor a la sociedad en aquello que creamos debe ser mejorado.
La
diversidad se convierte en problema. El
gusto por la norma o el nivel
En la escuela es difícil ser singular en algo
o por algo sin recibir presiones para dejar de serlo. En la escuela no se
admiten grados muy distintos de logro en los objetivos comunes, existen
mecanismos que estimulan la graduación de resultados individuales que premian y
castigan la separación de la norma. El funcionamiento dominante de la escuela,
de su currículum,
de los
métodos pedagógicos, está configurado, generalmente, más para organizar la
desigualdad entre los escolares que para corregirla o para convivir con la
diversidad de capacidades, niveles en las mismas, ritmos de trabajo distintos,
motivaciones variadas de los sujetos, etc .Cuando la escolarización universal
no es real, la exclusión de los que no superan la norma no es necesaria, ya que
los candidatos a ser excluidos ni siquiera acuden a las escuelas. Fracasar es
ser excluido por una vía de carácter más bien técnico: a la escuela legitima, por
la vía de la apreciación del mérito personal de los alumnos, las diferencias y
desigualdades entre sujetos, transformándolas en un escalonamiento 76 La
educación obligatoria: su sentido educativo y social de los logros escolares.
del “etiquetado” que implica no superar la norma que define lo que es y no es
aceptable. Esta función normalizadora es más propia, pues, de la perversión
selectiva y jerarquizadora de la escuela que del espíritu integrador que debe
orientar a la escolaridad obligatoria. Es tan grave este problema que se
convierte no ya en una disfuncionalidad de las instituciones escolares (el alto
fracaso que producen obstaculiza su propio proyecto y su dinámica), sino en un
problema social que delata el fracaso de la escuela obligatoria para dar
acogida en su seno a toda la diversidad de la población escolar. No es el
fracaso de la educación, sino el de la forma de proveerla a una población muy
heterogénea desde el punto de vista psicológico, social y de procedencia
cultural. Es una ironía cruel que después de pasar numerosas horas al día,
durante una decena de años, se pueda decir al sujeto que allí permanece que
queda excluido y que es un fracasado. La escuela y su currículum, que deben ser
oportunidades para todos, pasan con demasiada facilidad a ser estructuras de
dificultades graduadas que todos han de superar a un mismo ritmo y con las
mismas ayudas, de suerte que en cada uno de los escalones establecidos en la
graduación medimos a los sujetos para ver si son aptos o no, los diferenciamos y
les decimos a muchos que son desiguales a los demás. De ser oportunidad de
aprendizaje en la escolaridad obligatoria, los contenidos culturales se
convierten en escalera jerarquizadora y excluyente de los que ascienden
despacio, se detienen en el camino o, simplemente, rechazan la escalera porque
no les atrae subir por ella, o porque desconocen adónde conduce y no ven
motivos para ascender por ella.
Al
prolongarse la escolaridad obligatoria, más allá de la etapa de educación
primaria, todos esos mecanismos para jerarquizar provocan mucha más
conflictividad. La expansión de la enseñanza secundaria ocurre como una
exigencia social, pero se realiza bajo la orientación curricular y pedagógica
que la convierte en la puerta de entrada a la enseñanza universitaria. El
espíritu de la enseñanza obligatoria no reside en decir a cada alumno lo que
vale respecto de exigencias normativas. La educación secundaria que se
convierte en obligatoria pasa a ser una educación general y, como tal, debe
entenderse: válida para todos.
Graduar
la escolaridad obligatoria facilita el progreso ordenado, pero regula un ritmo
para os estudiantes que son desiguales.
La
diferencia y la desigualdad son realidades con las que la escuela obligatoria
debe contra, pero son también algo creado por sus prácticas de organización.
Las
primeras escuelas eran grandes salones en los que se escogía a más de medio
centenar de estudiantes. A medida que a la influencia de estos aumento y el
rango de edades a los mismos se amplio, como
la prolongación de la etapa de escolaridad obligatoria.
La
psicología científica fundamento la importancia de considerar lo que ocurre en
el interior del que aprende, ofreciéndonos atraves de su mirada una visión cada
vez más minuciosa de la diversidad psicológica entre individuos y sobre la
evolución diacrónica de cada uno de ellos.
La
escuela a la medida de ellos se entendió, en primer lugar, como una institución
apropiada para el educando, como alguien que es diferente de los adultos, pues
es un ser que evoluciona. Esta última idea conduce al establecimiento de un
alinea de progreso en el desarrollo que será una categoría esencial para la
percepción y tratamiento de la infancia.
La
escuela a la medida del niño llego a significar también, en segundo lugar, la
toma en consideración de las demostrables desiguales niveles de inteligencia
general, así como la variedad de las aptitudes especificas a cada uno. Todo
esto en generalmente, bajo el supuesto de que la categorías de sujetos son
perdurables.
Unas
actividades académicas o tareas, también normalizadas, en cuanto contenido ,
tiempo adjudicado para su desarrollo, con medios homogéneos para llevarlos acabo
e idéntico nivel de exigencia requerido para todos, han ido estableciendo un
modo de estandarizado de trabajar en los profesores GIMENO 1998.
FORMAS DE ABORDAR LA COMPLEJIDAD PROVOCADA
POR LA DIVERSIDAD
Los
profesores no pueden quedarse en el papel de simples vigilantes para ser jueces de los“buenos”y de los“malos”
estudiantes. Han de poner en práctica soluciones que mitiguen esa dinámica
jerarquizadora y excluyente.
Diversificar
en la escuela obligatoria tiene la meta esencial de la igualdad, supone, en
primer lugar, introducir fórmulas de compensación en cada aula, en cada centro
o fuera de éstos. En la flexibilidad se acomodan mejor los sujetos diferentes.En
los casos límite será preciso establecer opciones o currícula para las
necesidades particulares de estudiantes con retrasos muy destacables.
La
enseñanza auto administrada según el ritmo de aprendizaje de cada cual es un
recurso útil pero no una solución general al problema. Creemos que es más práctico,
aunque se trate de ideas y de principios generales, caminar por la vía
siguiente.
1.-
Debatir y lograr consensos acerca de lo que debe ser común para todos,
distinguiéndolo de lo que, aun siendo valioso, no tiene que ser necesariamente
parte del currículum común.En los contenidos y objetivos que hayan de ser
comunes, las estrategias para diferenciar tienen que ir encaminadas a que todos
logren el dominio de “lo básico” en un grado aceptable, para lo cual,
necesariamente, habrá que emplear más tiempo y recursos en unos estudiantes que
en otros.
Ese
currículum común, formulado y desarrollado
de manera flexible tiene que dar respuesta al pluralismo social y cultural,
admitiendo las diferencias entre culturas sin renunciar a la universalidad de
muchos rasgos culturales y de ciertos objetivos básicos.
2.-A
la diversidad de los sujetos hay que responder con la diversificación de la
pedagogía.
La escuela pública y comprensiva como
respuesta a las desigualdades y a las diferencias
La diversidad y las desigualdades entre
estudiantes son aspectos que se manifiestan en cada centro escolar y en cada
aula. Son retos y fuente de dificultades para la organización de las escuelas,
para el desarrollo del currículum y para los métodos pedagógicos.
Las desigualdades que subyacen a la
distribución geográfica de la población se traducen en desigualdades entre
centros escolares ubicados en diferentes zonas: rurales o urbanos, situados en
suburbios o en áreas residenciales ubicados en zonas de diferente nivel de
desarrollo. Una escuela pública en un suburbio de una gran ciudad acoge a
estudiantes muy distintos a los de otra que, aunque sea igualmente pública,
esté situada en otro contexto urbano más favorecido. Ésta es una evidencia de
cómo desde la educación no se pueden combatir las desigualdades sociales.
Se producen otros muchos casos de
desigualdad a través de la “especialización” de escuelas en tipos de
estudiantes provocados por causas económicas e ideológicas. Las segregaciones
en razón de la raza, la etnia o la religión han sido y son frecuentes. Un
ejemplo de lucha por la igualdad— ha contado con fortísimas resistencias
ideológicas. Otro tanto puede decirse de la integración de razas en una misma
escuela o de confesiones religiosas. La lucha por una escuela laica que
neutralice las diferencias de credo tiene todavía largo camino por recorrer.
La escuela pública es una apuesta
histórica a favor de la igualdad, porque posibilita el acceso a la educación a
quienes no tienen recursos propios, y lo es, además, porque en ella debe tener
cabida toda la diversidad de estudiantes. Los modelos institucionales de
escuela y la libertad para crearlos y asistir a ellos no pueden menoscabar el
derecho a la educación en condiciones de igualdad. Quiere decirse que es
precisa una escuela única, igual para todos, en la que no se permitan
desiguales condiciones que repercutan en grados de calidad diferentes. Esta
unicidad no es causa de la uniformidad temida por los partidarios de evitar el
predominio de una escuela intervenida por el Estado.
La fórmula de organización comúnmente
adoptada para la realización de esta filosofía es la llamada escuela
comprensiva, que tiene como característica esencial el mantenimiento de todos
los estudiantes juntos, sin segregarlos por especialidades ni por niveles de
capacidad, sea cual sea su condición social, de género, capacitación, credo
religioso. El principio de comprensividad favorece la “mezcla” social, razón en
la que reside una de sus principales virtudes, que es también motivo para el
rechazo de otros sectores sociales contrarios a ese modelo. La educación
comprensiva evita que los estudiantes de una misma edad se dividan en tipos de
centros con currícula y destinos sociales diferentes retrasando la elección
sobre el tipo de enseñanza que se va a cursar
INTEGRANTES:
Guadalupe Aguiar Hernández
Joselino Bastida Ortiz
América Guadalupe Montes Castro
Celia Abigail Murillo Bastida
Isabel Cristina Ochoa Parra
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”

SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
PÚBLICA
CREN “MARCELO RUBIO RUIZ”
LORETO B.C.S.
LA EDUCACIÓN
OBLIGATORIA:
UNA ESCOLARIDAD
IGUAL PARA SUJETOS DIFERENTES EN UNA ESCUELA COMÚN
TITULAR DEL CURSO:
Lic. ALMA DELFINA
ESTUDIANTES:
Teodulo Adrián Chaves Aguilar
Juan Luis Arce Calderón
Pedro Mayoral Davis
GRADO Y GRUPO:
1°B
FECHA DE ENTREGA:
16 de Noviembre del 2016
La educación obligatoria: una
escolaridad igual para sujetos diferentes en una escuela común.
La
educación supone enfrentarse con retos y ámbitos de significado muy
polivalentes: la lucha contra las desigualdades, el problema de la escuela
única interclasista, la crisis de los valores y del conocimiento tenidos por
universales, las respuestas ante la multiculturalidad y la integración de
minorías, la educación frente al racismo o el sexismo, las proyecciones del
nacionalismo en las escuelas, la convivencia entre las religiones y las
lenguas, la lucha por la escuela para la autonomía de los individuos, los
debates “científicos” sobre el desarrollo psicológico y sus proyecciones en el
aprendizaje, la polémica sobre la educación comprensiva, las posibilidades de
mantener en unas mismas aulas a estudiantes con diferentes capacidades y ritmos
de aprendizaje, además de la revisión de las rigideces del actual sistema
escolar y de sus prácticas.
La naturalidad de las diferencias
La consideración de la diversidad humana es una
constante en la historia de los sistemas escolares, en el pensamiento en
general y en el educativo, en particular, en permanente relación dialéctica con
la proclamación de la universalidad de la naturaleza humana, de la que se
deduce, entre otras cosas, el derecho a recibir la enseñanza en condiciones de
igualdad.
Distinguir a los estudiantes por su ingenio,
tratarlos y agruparlos según sus características, sus habilidades, etc., son
prácticas inherentes al desarrollo de la sensibilidad pedagógica.
La variedad entre seres humanos es consustancial a
su misma existencia y se produce en dos planos, en el intraindividual y en el
interindividual.
En el plano individual se hace evidente en forma de
inconstancia en el modo de ser y de comportarse a lo largo de su vida, así como
en las manifestaciones que tienen sus disponibilidades personales.
La educación en las instituciones escolares, como
la vida en cualquier otro ámbito, se enfrenta (mejor: debería enfrentarse) de
manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con
sujetos cambiantes en el tiempo.
Las razones por las que una manifestación —la
variedad y variabilidad— de la vida y de las personas pasa a ser un problema
residen, pues: primero, en que la variedad pugna con la tendencia del
pensamiento a clasificar la dispersión que nos ofrece el mundo para entenderlo
mejor; segundo, en la mentalidad y los usos de las instituciones escolares que
reclaman de las individualidades el sometimiento a unas normas, a un currículum
y a un orden. La educación tiene ideales y desempeña funciones muchas veces de
carácter contradictorio, por pretender provocar la diferenciación
individualizadora a la vez que la socialización homogeneizadora, que significa
compartir rasgos de pensamiento, de comportamiento y de sentimiento con otros.
La educación bajo la filosofía ilustrada, universalista, pretende que se
compartan determinados rasgos, cualidades y frutos culturales.
La
diversidad se convierte en problema.
El
gusto por la norma o el nivel
En la escuela
es difícil ser singular en algo o por algo sin recibir presiones para dejar de
serlo, bajo la “amenaza” de ser clasificado como atípico, rebelde, retrasado….
y, con menos probabilidad, como genio. ¿No será esa dificultad una de las
causas de su vulgaridad y del rechazo que produce en muchos estudiantes? En la
escuela no se admiten grados muy distintos de logro en los objetivos comunes,
existen mecanismos que estimulan la graduación de resultados individuales que
premian y castigan la separación de la norma.
Es un hecho
la existencia de una ruptura importante en la continuidad de estilos entre la
enseñanza primaria y el nivel secundario, visible en muchos aspectos (GIMENO,
1996). No se acepta la posibilidad de que todos puedan beneficiarse de la
cultura que constituía el bachillerato. Si para realizar esta posibilidad se
propone que se alteren los contenidos del currículum, entonces los defensores
de una tradición digna (pero no para todos) denunciarán el descenso de la
calidad de la enseñanza. Para hacer compatible la prolongación de la
obligatoriedad, cuya conveniencia es difícil de negar, con la defensa del orden
conocido y valorado en lo cultural-pedagógico, la solución a la que se recurre
en algunos sistemas, y reclamada por muchos profesores, es la segregación de
vías paralelas con contenidos diversificados para un mismo tramo de edad, de
suerte que la mayor homogeneidad de cada vía satisfaga las pretensiones de la
normalización y de la jerarquización académica y social. ¿Es inevitable esa
segregación?
Graduar la escolaridad obligatoria facilita
el progreso ordenado, pero regula un ritmo para los estudiantes que son
desiguales.
La diferencia y la desigualdad son realidades con
las que la escuela obligatoria debe contar, pero son también algo creado por
sus prácticas de organización.
Las primeras escuelas eran grandes salones en los
que se acogía a más de medio centenar de estudiantes. A medida que la afluencia
de éstos aumentó y el rango de edades de los mismos se amplió, como
consecuencia de la prolongación de la etapa de escolaridad obligatoria, la
institución escolar tuvo que adoptar fórmulas de tratamiento diferenciado de
los alumnos.
Las nuevas formas institucionalizadas de abordar
este reto tuvieron dos apoyos fundamentales:
A) El desarrollo de la psicología evolutiva y
diferencial
B) La instauración de la racionalidad taylorista en
las organizaciones industriales modernas que irradiaron sus esquemas a otros
ámbitos, como el escolar.
Para este modelo organizativo se basa en la
división de procesos complejos de transformación en acciones parciales
encadenadas gradualmente, especializando los tratamientos a cargo de expertos
adiestrados en cada una de las tareas, asignaturas, cursos, etc.
La psicología científica fundamentó la importancia
de considerar lo que ocurre en el interior del que aprende, ofreciéndonos a
través de su mirada una visión cada vez más minuciosa de la diversidad
psicológica entre individuos y sobre la evolución diacrónica de cada uno de
ellos.
Resultado de la confluencia entre la perspectiva de
la racionalidad taylorista de la escolarización y del currículum con la visión
psicológica del niño es el concepto de educando diversificado, en función de la
etapa escolar por la que pasa, por su edad y según las posibilidades que es
capaz de desarrollar, de acuerdo con las capacidades singulares que posee en
cada momento.
La escuela a la medida del niño se entendió, en
primer lugar, como una institución apropiada para el educando, como alguien que
es diferente de los adultos, pues es un ser que evoluciona. Al alumno hay que
tratarlo de acuerdo con la diversidad de estadios por los que pasa en el curso
de su desarrollo hacia la madurez, porque en cada uno de ellos tiene
posibilidades distintas.
La escuela a la medida del niño llegó a significar
también, en segundo lugar, la toma en consideración de los demostrables
desiguales niveles de inteligencia general, así como de la variedad de las
aptitudes específicas de cada uno.
La escuela graduada (la que clasifica a los
estudiantes a lo largo de toda la escolaridad) es hoy modelo universal de
organización que, sin reflejar en su dinámica un pensamiento científico
concreto, es la fórmula que de manera general plasma la secuencia del
desarrollo ordenado y normalizado de la educación.
Los profesores parecen haber perdido la capacidad
profesional de trabajar con la diversidad, si ésta no es reducida por algún
tipo de clasificación de estudiantes. La graduación es una de las primeras
respuestas para “ordenar” la complejidad que provoca la variedad evolutiva.
La graduación, con la inevitable adjudicación de
competencias y conocimientos que deben ser adquiridos en cada grado, dio lugar
a otro tipo de diversidad: la desviación individual.
El aparato escolar y la mentalidad pedagógica
profesional fruto de la socialización que genera, crea, así, el etiquetado de
sujetos diversos que, en la enseñanza concebida como derecho universal, se
traducen, paradójicamente, en el señalamiento de desigualdades.
Formas de abordar la complejidad provocada por la
diversidad
Los profesores no pueden
quedarse en el papel de simples vigilantes para ser jueces de los“buenos”y
de los“malos” estudiantes. Han de poner en práctica soluciones que mitiguen esa
dinámica jerarquizadora y excluyente.
Diversificar en la
escuela obligatoria tiene la meta esencial de la igualdad, supone, en primer
lugar, introducir fórmulas de compensación en cada aula, en cada centro o fuera
de éstos. En la flexibilidad se acomodan mejor los sujetos diferentes.En los casos
límite será preciso establecer opciones o currícula para las necesidades
particulares de estudiantes con retrasos muy destacables.
La enseñanza auto
administrada según el ritmo de aprendizaje de cada cual es un recurso útil pero
no una solución general al problema. Creemos que es más práctico, aunque se
trate de ideas y de principios generales, caminar por la vía siguiente.
1.- Debatir y lograr
consensos acerca de lo que debe ser común para todos, distinguiéndolo de lo
que, aun siendo valioso, no tiene que ser necesariamente parte del currículum
común.En los contenidos y objetivos que hayan de ser comunes, las estrategias
para diferenciar tienen que ir encaminadas a que todos logren el dominio de “lo
básico” en un grado aceptable, para lo cual, necesariamente, habrá que emplear
más tiempo y recursos en unos estudiantes que en otros.
Ese currículum
común, formulado y desarrollado de manera flexible tiene que dar respuesta al
pluralismo social y cultural, admitiendo las diferencias entre culturas sin
renunciar a la universalidad de muchos rasgos culturales y de ciertos objetivos
básicos.
2.-A la diversidad de los
sujetos hay que responder con la diversificación de la pedagogía
La escuela pública y comprensiva como
respuesta a las desigualdades y a las diferencias.
La diversidad y las desigualdades entre estudiantes
son aspectos que se manifiestan en cada centro escolar y en cada aula. A el
desarrollo del currículum y para los métodos pedagógicos. El problema tiene una
manifestación previa a su consideración en esos planos: la existencia de
centros diferentes entre sí porque acogen a estudiantes desiguales y diversos.
Las desigualdades que subyacen a la distribución
geográfica de la población se traducen en desigualdades entre centros escolares
ubicados en diferentes zonas: rurales o urbanos, situados en suburbios o en
áreas residenciales, ubicados en zonas de diferente nivel de desarrollo, etc.
.Una escuela pública en un suburbio de una gran
ciudad acoge a estudiantes muy distintos a los de otra que, aunque sea
igualmente pública, esté situada en otro contexto urbano más favorecido. Estas
desigualdades sociales dan lugar a otras simétricas en las escuelas.
Poco podemos hacer desde la práctica educativa,
aparte de tomar y de dar conciencia crítica de esas realidades y establecer
políticas y prácticas educativas compensatorias que pueden paliar, pero no
remediar, desigualdades externas a las escuelas.
Se producen otros muchos casos de desigualdad a
través de la “especialización” de escuelas en tipos de estudiantes provocados
por causas económicas e ideológicas.
Las segregaciones en razón de la raza, la etnia o
la religión han sido y son frecuentes.
La lucha por una escuela laica que neutralice las diferencias
de credo tiene todavía largo camino por recorrer.
La escuela pública es una apuesta histórica a favor
de la igualdad, porque posibilita el acceso a la educación a quienes no tienen
recursos propios, y lo es, además, porque en ella debe tener cabida toda la
diversidad de estudiantes.
Es preciso hacer compatible la igualdad de todos
ante la educación con el reconocimiento de la pluralidad de opciones y de
modelos de escuela, considerados como necesarios para garantizar la expresión
democrática de la libertad de los padres a elegir el tipo de educación para sus
hijos (GIMENO, 1998a).
Los modelos institucionales de escuela y la
libertad para crearlos y asistir a ellos no pueden menoscabar el derecho a la
educación en condiciones de igualdad. Quiere decirse que es precisa una escuela
única, igual para todos, en la que no se permitan desiguales condiciones que
repercutan en grados de calidad diferentes.
La fórmula de organización comúnmente adoptada para
la realización de esta filosofía es la llamada escuela comprensiva, que tiene
como característica esencial el mantenimiento de todos los estudiantes juntos,
sin segregarlos por especialidades ni por niveles de capacidad, a los que se
les imparte un currículum común, sea cual sea su condición social, de género,
capacitación, credo religioso, etc.
El principio de comprensividad favorece la “mezcla”
social, razón en la que reside una de sus principales virtudes, que es también
motivo para el rechazo de otros sectores sociales contrarios a ese modelo.
Dicho principio se respeta siempre para la
enseñanza primaria en los sistemas educativos. Pero no es universal en la
enseñanza secundaria, aunque ésta sea obligatoria.
La educación comprensiva evita que los estudiantes
de una misma edad se dividan en tipos de centros con currícula y destinos
sociales diferentes (bachillerato y formación profesional, por ejemplo),
retrasando la elección sobre el tipo de enseñanza que se va a cursar






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